1:22 pm. Domingo 09 de Abril de 2017
Opinión
1:22 pm. Domingo 09 de Abril de 2017

Los botelleros de los barrios populares de Barranquilla representaron una significativa tradición alimentaria y económica, sobre todo en aquellos lejanos y nostálgicos años sesenta y setenta del siglo XX.

Eran, también, la expresión de un desempleo larvado, el cual sirvió de vehículo para que se convirtieran en portadores de un oficio decoroso, de un empleo sin prestaciones sociales, pero con mucho prestigio entre los niños y jóvenes de aquellas décadas.

El botellero era un personaje social añorado por las huestes de púberes e infantes cuando el reloj marcaba las tres o las cuatro de la tarde. Pero nunca fue necesario mirar el reloj, entre otras cosas porque dentro de esas huestes semidesnudas era muy difícil que alguien portara esa prenda.

Y la verdad es que nunca se miraba ningún reloj, porque el personaje de esta historia volvió inútil ese artificio humano con sus trucos para llamar la atención de la tropa hambrienta que acechaba su carretilla. A veces el sonido de una olla de aluminio era el santo y seña para asediar la carga del botellero.

Dos objetos de hierro colado producían una estridencia especial que ponía a salivar a más de uno, como si se tratara de un reflejo condicionado inducido por los experimentos de Iván Pavlov. En otros casos, el golpe de una botella contra otra botella significaba que el botellero entraba a la zona de sus clientes.

Quizás el recurso más sutil consistió en utilizar una dulzaina, no solo para atraer a los necesitados, sino para endulzarles la tarde con unas pocas canciones, convertidas en un valor agregado con respecto al negocio propiamente dicho. Y buena parte de ese negocio viajaba en lo ancho y lo largo de la carretilla.

La carretilla fue el principal medio de trabajo de los botelleros. Normalmente se construía en madera rústica sin pintar (no se descartan las excepciones a esta regla), y la rueda principal dependía del nivel de ingresos, de la habilidad manual o de las relaciones sociales del propietario. Hubo ruedas de caucho macizo, de hierro pelado y otras que solo eran una balinera de vehículo grande, siempre muy bien protegida con una ancha capa de grasa.

Pero lo más importante de la carretilla no estaba en ella misma, sino en su carga. Había un universo bastante amplío de mercancías para satisfacer casi todos los gustos, y el botellero parecía tener un súper olfato que lo empujaba disponer de aquello que más necesitaban las huestes de infantes púberes.

Un componente fundamental de la oferta de los botelleros estuvo en las frutas, en general las que estaban en cosecha o las más baratas del mercado en todos los momentos. Esos botelleros de antaño parecían discípulos de los economistas austríacos, de esos que se inventaron la famosa teoría subjetiva del valor.

Sin conocer a sus hipotéticos maestros intuían que el valor de un bien se definía en el mercado, en función de la utilidad del mismo, de su escasez relativa y de las necesidades subjetivas del comprador. De este modo, otorgaban diversos valores monetarios a sus frutas y a los otros productos que transportaban en la carretilla.

Como las botellas siempre estuvieron en el centro de sus apetencias, por una fruta cotizada y fuera de cosecha solían pedir varias botellas, sin importar que fueran de cerveza, de gaseosa, de ron o aguardiente. Una pobre fruta sin renombre no alcanzaba un valor de cambio que estuviera por encima de una botella de la peor reputación, según la teoría subjetiva del valor empírica practicada por los ejércitos de botelleros.

Pero lo bueno de esta historia es que la frutilla menos valiosa (para los compradores y los vendedores) es la que más recordaron la mayoría de intelectuales entrevistados en la preparación de esta crónica.

Así, el historiador de los afrodescendientes caribeños (Dolcey Romero Jaramillo), no solo se acordó de una pera de patio que no era pera (aunque tenía una forma de pera muy pequeña), porque no sabía a esa fruta y se desvanecía en la boca al primer mordisco, sino que fue el primero en mencionar la enigmática mata hambre cuyo nombre me reservo por ahora.

Esa misma mata hambre con frutillas encapsuladas sirvió para que el filósofo de esa tierra hermosa llamada San Jacinto, el pensador llamado Numas Armando Gil Olivera, arriesgara una peligrosa hipótesis cultural y afrodisíaca al sostener que una de las frutas más baratas del stop del botellero debía su nombre a que endulzaba y suavizaba la boca de los novios que se besaban, es decir, en el lenguaje convencional de las huestes de púberes de aquellas décadas, que se martillaban.

La frutilla con menor utilidad marginal (teniendo en cuenta la conocida teoría subjetiva del valor) era el Martillo, esa unidad multiforme de diversas semillas que venían encapsuladas, casi como los hijos del canguro, pero en un caparazón inerte. Entre otras cosas, este hecho histórico muy singular sirve para demostrar que no siempre lo más recordado (o lo más querido) es lo que más se valoriza.

Siento disentir de la hipótesis del colega Numas, pero ese vegetalito desvalorizado por el botellero y por nosotros estaba incapacitado congénitamente para provocar los efectos afrodisíacos que él, muy ingeniosamente, le atribuye. No era fácil comerse un Martillo, pues había que sacar la frutilla de su caparazón inerte, pelarla con cuidado e ingerirla, más por hambre que por placer.

Algo así, recibido porque no hay más o porque nuestra botella está más desvalorizada que él ¿podía provocar el efecto divino que supone el filósofo de San Jacinto? Pero cabe reconocer que falta más investigación sobre el asunto y, de acuerdo con eso, quizás Numas tenga razón al asociar el Martillo con la martillada de los novios, no tanto por la vía afrodisíaca, sino por la de la limpieza bucal.

Acompañando al enigmático Martillo iban los mangos biches, los mangos de chancleta, las guayabas y las deliciosas uvitas playa, muy añoradas por la colega Nohora Beatriz Bonilla, pues con ellas sofocó más de una vez sus hambres juveniles y ayudó a su familia a deshacerse de un ejército inútil de botellas de licor.

La zona de operaciones de los botelleros eran los barrios Cevillar, San José, El Carmen, La Victoria, Rebolo, Las Nieves, Montes, entre otros. El historiador Jesús Bolívar Bolívar anotó que los botelleros eran los recicladores de los barrios populares y que su desaparición fue la consecuencia del cambio de los hábitos sociales provocado por el desarrollo del capitalismo.

La clienta número uno de los botelleros en el barrio Lucero, la profesora Luz Marina Luna Moreno, hizo una maciza descripción del papel de estos personajes en la economía informal de aquellos años. Ella reconoció que el tiempo de los botelleros había sido una época muy hermosa para los niños y jóvenes que se relacionaron con ellos.

La colega Luz Marina también sostuvo que el bufet de la carretilla no solo incluía frutas, sino vejigas, bolitas con caramelo y otras cosas adentro. Y que los trueques iban más allá de las botellas por productos, pues solían abarcar la entrega de algunas monedas por parte del dueño de la empresa al recibir las botellas.

Como lo anotaron Numas, Jesús y Nohora los botelleros encarnaron un oficio relacionado con el reciclaje, situado en un tiempo en el que podían existir y en el cual se adecuaron a las necesidades de un mercado infantil y juvenil que se escapaba al predominio de las tiendas.

La falta de dinero de las huestes necesitadas de una merienda fue suplida por los objetos que recibía el botellero, a cambio de sus manjares. En una última época, como recuerda la profesora Luz Marina, el botellero diversificó su demanda, pues también aceptaba metales, como hierro, cobre o aluminio.

Pero esto ocurrió en la fase terminal de la institución del botellero. Quizá una de las causas de su desaparición (al lado de las que trajo consigo el desarrollo del capitalismo) haya sido el riesgo que corrieron las ollas buenas de aluminio de las casas de los infantes y púberes, quienes se dedicaron a robar las tapas de aluminio de sus sufridas madres para aliviar el hambre de las tres o las cuatro de la tarde.

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