10:23 am. Domingo 14 de Mayo de 2017
Opinión
10:23 am. Domingo 14 de Mayo de 2017

Los recientes acontecimientos de la Universidad del Atlántico (en torno a la selección de un rector en propiedad) permiten corroborar que las agendas no académicas orientan la acción de varios grupos. Muchos de estos son movidos solo por intereses económicos, políticos o ideológicos.

Cabe hacer aquí una pertinente digresión sobre la principal razón de ser de la alma mater. Esta no es una empresa capitalista, ni tampoco un partido político o una clase social, sino un ente con un papel bien definido: ofrecer educación superior a los sectores populares que no pueden acceder a la universidad privada.

En consecuencia, la academia es el epicentro de la actividad que desarrolla la institución, entendiendo por esta la docencia, la investigación, la extensión, la generación de conocimientos, arte, cultura, etcétera. En un contexto así, la ideología, la política o los intereses económicos deben estar subordinados a los procesos académicos, y no al contrario.

Sin embargo, al interior de la Universidad se mueven grupos cuyo interés primordial  no es la academia sino la política, la ideología, los contratos o la plata. Tales núcleos son un riesgo para la función principal de la institución, pues si llegaren a dirigirla, sus intereses creados diferentes al estricto funcionamiento académico, los llevarían a distorsionar o negar este último.

Esos sectores están detrás de la aspiración del señor Rafael Castillo. La prueba de que funcionan como se explicó antes ocurrió en el tiempo en que este personaje de la política local fungió como rector encargado de la alma mater. Esos individuos y grupos suelen ver a la institución como un botín a depredar, porque eso fue lo que demostraron cuando estuvieron en el poder.

En ese aciago período se entregó contratos atendiendo a criterios ideológicos o políticos, y a la circunstancia de que los contratados fueran aliados o sirvieran de apoyo al rector encargado. Castillo fraccionó Órdenes de Prestación de Servicios para complacer a varios dirigentes estudiantiles, elevando la contratación en este rubro casi en un 50%, en comparación con lo que había recibido de la administración que le antecedió.

Castillo repartió vicerrectorías y otras prebendas desarrollando un modelo clientelista y politiquero que colocó en segundo plano la academia, pues muchos de sus nombramientos no se hicieron teniendo en cuenta perfiles académicos o meritocráticos, sino la ideología o la posición política de los escogidos.

Entregó contratos con estas variables, y por eso uno podía encontrar un sociólogo dirigiendo el Taller del Historiador de esa época (como si no hubiera personas en la Carrera de Historia para dirigir ese Taller), o a dirigentes estudiantiles incrustados en la nómina de alguna dependencia sin tener función especial que cumplir, o recibiendo plata de la institución por hacer un estatuto estudiantil que nunca se hizo.

Como consecuencia de ese modelo, Rafael Castillo se convirtió en la estrella de quienes lo apoyaban, y ese modo de proceder lo llevó a ganar unas consultas amañadas, en las cuales tenía que ganar porque había cebado a dirigentes estudiantiles y profesorales que se le entregaron porque él les había puesto a beber la leche de la ubre burocrática y del presupuesto.

Castillo llegó a la Universidad como consecuencia de un reparto clientelista y politiquero entre él y las fuerzas que le apoyaban, e intentó convertirse en rector en propiedad basándose en ese modelo. Por tal motivo, y por la desigualdad manifiesta en que colocaba a los otros competidores, el Consejo Superior decidió separarlo del cargo.

De nuevo sus partidarios insisten en Castillo dentro y fuera del Consejo Superior. Insisten en su candidato por razones obvias, y acudiendo a la mentira y a la violencia para imponer su agenda. Lo quieren de rector en propiedad para que culmine la tarea que empezó cuando fue rector encargado.

Uno de los caballitos de batalla para darle legitimidad a la aspiración de su candidato es la consulta turbia que este ganó entre los estudiantes. Castillo obtuvo un poco más del 20% de los votos estudiantiles. Cuando uno escribe que esa cifra no representa la mayoría del estudiantado, los castillistas acuden a la retórica y hasta a los griegos para justificar el carácter democrático de tal elección y de tal minoría.

Una minoría liderada por dirigentes estudiantiles cebados por la estrategia de Castillo fue la que hizo ganar la consulta a este señor, lo que oscurece esa victoria. Por más vueltas demagógicas que se le dé a la cifra, por más mentiras que se digan sobre la consulta, nada ni nadie le podrá borrar su carácter de cifra minoritaria, obtenida mediante procedimientos turbios e ilegítimos.

Estos son los datos crudos y, por lo tanto, inmunes a la demagogia y a la falta de honradez de los Castillistas: estudiantes del censo electoral que podían votar (incluidos los de postgrado): 20.936. Votación total en la consulta: 6.236 estudiantes, es decir, más o menos un 30% del censo. Abstención en esa consulta de junio de 2015, siendo Castillo rector encargado: más o menos un 70% del censo electoral disponible.

O sea, la mayoría de los estudiantes que podían votar se abstuvo de hacerlo por la razón que sea, a pesar de la alharaca populista organizada por los castillistas en aquellos tiempos. Castillo ganó esa consulta con 4.829 votos, los cuales representan un 23% del censo electoral.

Las matemáticas son una disciplina exacta y, por lo tanto, inmunes a las marrullas politiqueras. ¿Ganó la consulta Castillo con la mayoría o con la minoría de los estudiantes habilitados para votar?

Uno puede acudir a los griegos o a Hegel o a quien sea, pero nunca podrá enmascarar la realidad de que Castillo representa a una minoría del estudiantado. ¿O es que acaso la falta de honradez intelectual y los intereses politiqueros pueden servirnos para convertir un 23% en mayoría y el 77% restante en minoría?

El hecho de no representar a la mayoría de los estudiantes de la institución le resta legitimidad a la aspiración de Castillo. Él no puede ser presentado como el representante de la mayoría de los estudiantes, si le rendimos culto a la verdad y a la honradez. Sí, el personaje ganó la consulta, pero ni los griegos con todo su poder retórico podrán demostrar que obtuvo el apoyo de la mayoría del estudiantado de la Universidad.

Pero la supuesta legitimidad del triunfo de Castillo en la consulta estudiantil se ve disminuida, sobre todo, por la forma como la obtuvo. En cierto modo, su victoria fue la consecuencia de los contratos y de las prebendas que distribuyó habilidosamente entre algunos dirigentes estudiantiles y profesorales. En este punto, Castillo hizo lo que hacen los politiqueros tradicionales para ganar elecciones: entregar prebendas para recibir votos.

¿Qué diferencia hay entre Castillo y un Gerlein o cualquier otro politiquero comprador de conciencias y de votos para ganar elecciones? ¿Es justo nombrar a este señor rector en propiedad, basándonos en una consulta que no indica que representa a la mayoría de los estudiantes? ¿Es correcto entregarle la rectoría por un apoyo estudiantil minoritario el cual, además, se consiguió con los métodos de la politiquería tradicional de este país?

Pero los castillistas no entienden (o hacen como que no entienden) los argumentos. Para ellos Rafael Castillo debe ser el rector, así destroce la Universidad con su modelo clientelista y politiquero. Y debe ocupar la rectoría en propiedad porque es el aspirante que mejor se adapta a lo que ellos quieren. En el pasado recibieron contratos, poder y plata y detrás de eso es de lo que están. La Universidad para ellos es solo una especie de botín.

Los amigos de Rafael Castillo quieren hacer valer su posición así sea acudiendo a la violencia. Porque en la Universidad hay diversas formas de violencia practicada por los grupos de presión cuando quieren imponer su agenda.

El pasquín, la toma, la papa y el tropel son expresiones típicas de las formas de lucha violenta que aún se usan en la Universidad. Si hay que emplear la violencia para lograr el botín, pues usan la violencia sin remordimientos y sin respeto por la institución, porque lo de ellos nunca ha sido la defensa honesta de la academia. 

A los castillistas no les importa nada la verdad ni la honradez, sino imponer sus designios en la institución. Y esa agenda  (a la cual le ha servido y aún le sirve el señor Castillo) no tiene como norte la academia, sino la política, la ideología, el poder y la plata.

Es grave la coyuntura que atraviesa actualmente la alma mater. El Consejo Superior no se puede equivocar eligiendo como rector en propiedad a un político como Rafael Castillo Pacheco. Si lo elige, perderemos todos: los estamentos mayoritarios, la academia y, sobre todo, el pueblo que tiene en la Universidad su principal nicho para educarse.

Lo ideal sería que se abriera la terna de aspirantes para incluir nuevos candidatos, los cuales garanticen que van a la dirección de la Universidad del Atlántico a hacer academia y a defender lo público de las pirañas depredadoras del clientelismo y la politiquería.

Aspirantes que respeten las misiones de la institución, que la protejan y que nunca la vean como un simple botín. Porque la Universidad del Atlántico convertida en botín corre el riesgo de desaparecer. Ni más ni menos.

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