10:03 am. Domingo 09 de Julio de 2017
Opinión
10:03 am. Domingo 09 de Julio de 2017

El concepto posverdad se volvió famoso a raíz de tres procesos políticos relevantes: la victoria de Trump, del Brexit (en el Reino Unido) y del No en el plebiscito por los acuerdos de paz en Colombia. En los tres fenómenos, la mentira sistemática fue un factor decisivo, pues estuvo en la base del triunfo de quienes la usaron.

En el 2016, la palabra posverdad (post-truth) ganó el primer lugar como el término  más usado, según el prestigioso Diccionario de Oxford. El concepto se ha impuesto y está siendo analizado por los académicos, sobre todo por lo que representa desde el punto de vista político.

En sentido estricto, posverdad remite a una pérdida del valor de la verdad como recurso para hacer política; en otros términos, para conseguir o mantener el poder los individuos o grupos emplean ideas que impactan las creencias, los deseos o las emociones de la gente, sin importar su nivel de certeza o verosimilitud.

Esas ideas suelen ser falsedades acerca de sus opositores (o sobre los procesos), rumores, chismes, o planteamientos alejados de la realidad pero con mucho poder de movilización o de adhesión, pues están en sintonía con lo que el común de las personas quiere, con lo que creen o con lo que desean para sí, para su partido, su clase o país.

El uso sistemático de la mentira (para confundir o ganar adeptos) reintroduce el problema de la ética en el campo de la política. Los individuos o partidos que se valen de esta para triunfar carecen de un perfil moral que los niegue para utilizar la mentira como arma. Para ellos, la consecución del poder, su defensa o la necesidad de la victoria justifica todos los recursos a emplear, sin que importe mucho su vileza.

Siguiendo a Maquiavelo, la lógica subyacente de ese comportamiento es la del fin justifica los medios. Para acabar con el adversario (o con el enemigo) todos los instrumentos son válidos, pues lo único que importa es el triunfo. La ética y la verdad ceden el espacio a los métodos más viles, y la mentira y la bajeza envilecen la política hasta los extremos más inconcebibles.

La combinación perfecta para el predominio de la posverdad (o de la mentira sistemática como herramienta política) es la existencia de un liderazgo inescrupuloso, descompuesto, y de un público que desea escuchar lo que emiten los líderes, sin someter las ideas a ningún tipo de escrutinio crítico.

Las mentiras que propalan los equipos de campaña, en general, se articulan con lo que quiere la gente a quien van dirigidas, sin que importe demasiado la reflexión sino las emociones, los deseos o los prejuicios. Si hay racismo, xenofobia o fanatismo latentes, el cuerpo de la publicidad de campaña se monta para explotar esas creencias o sentimientos, con el propósito de movilizar a los probables votantes o adherentes.

Aquí no existe solo una posible ingenuidad del receptor (que es manipulado por un emisor) sino la exacerbación de lo que el público quiere, teniendo en cuenta sus tradiciones, creencias o prejuicios. En tal sentido, en los Estados unidos, por ejemplo, no solo ganó Trump y su paquete de mentiras, sino las personas que se sentían representadas por sus ideas, sin tener en cuenta la ética o la validez o falsedad de su perspectiva.

El uso sistemático de la mentira en la política ha existido desde tiempos inmemoriales. Los métodos de la posverdad se impusieron bajo el régimen de los nazis, hacia adentro y hacia afuera de Alemania. Hitler y los suyos desprestigiaron a sus enemigos, tanto para ganar el poder como para mantenerse en este.

Lo propio hicieron, en el campo de la izquierda, los estalinistas en la Unión Soviética, Stalin arrasó con la vieja guardia bolchevique descalificándola como traidora de la revolución, enemiga del pueblo o agente del imperialismo de cualquier país.

La dinámica gobierno-oposición estimula el empleo de la mentira como recurso político, pues el opositor pretende desacreditar a cualquier precio a quien detenta el poder, por su interés de reemplazarlo algún día. Pero una oposición articulada alrededor de las falsedades expresa mucho acerca de su talante antiético: como el fin justifica los medios, todo vale para acabar con el otro, y en esa batalla las primeras pérdidas son la verdad y un comportamiento moralmente responsable.

La expansión de las redes sociales va acompañada de una banalización y envilecimiento de la política, pues la posverdad ya no solo es aplicada por las élites que dirigen las campañas, sino que se convierte en el pan de cada día, de la mano de los militantes de base que gozan calumniando, macartizando o destrozando a su enemigo sin importar los medios.

Lo que antes podía verse como una estrategia manipuladora de las élites sin escrúpulos, ahora se ha convertido, por el rol de esas redes, en una costumbre popular, al ser desarrollada sin control por partidarios de la ultraderecha, de la ultraizquierda o de cualquier otra facción política.

En la base de esta degradación de las costumbres sociales y de la política están el triunfo del chisme, del rumor, de la calumnia y de la confusión, como formas de hacer política virtual. Una política antiética, donde la mentira y la bajeza son la norma.

La posverdad (o el uso sistemático de la mentira en política) no es solo un asunto de élites sino, también, de los sectores populares. Combatirla pasa por recuperar la decencia, el sentido de los verdadero, y una ética que no justifique todos los medios, bajo ninguna circunstancia. ¿Podremos superar en política la “era de la posverdad” en Colombia y en el resto del planeta? 

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