10:55 am. Lunes 11 de Septiembre de 2017
Opinión
10:55 am. Lunes 11 de Septiembre de 2017

Amanece en Colombia y el Papa ha vuelto al Vaticano, la visita nos dejó frases para el recuerdo e imágenes llamativas, cosas para reflexionar a título personal y la oportunidad de volver a pensar en temas de la esfera pública, desgastados hasta el cansancio por el oportunismo electoral de nuestros políticos. La paz volvió a tener sentido y, al menos por un rato, dejó de ser la palabra tabú en la que se había convertido con el tiempo.

En todo caso, lo más importante que el evento nos ha dejado es, sin duda, el espacio de comunión que nos permitimos compartir por unos cuantos días. Ateos o cristianos, derecha o izquierda, caribe o andino, colombianos al fin y al cabo. Sería un error subestimar la importancia de un evento de tal magnitud y sus efectos sobre las heridas de un país sometido hasta el cansancio a temas de polarización. En este sentido, Francisco nos ha permitido orbitar a casi todos en torno a un mismo evento y, en la contemplación del mismo, volver a reconocernos como semejantes.

Podría ahondar en el tema, dedicar líneas a la reflexión del significado comunal de compartir el rito más allá del contenido del mismo, sin embargo, dejar pasar el ‘casi’ en el todo sería indulgencia. Parece que en los tiempos que corren alcanzar cierto consenso es utopía; la carne de Abel es mejor que los garbanzos de Caín, y de ahí vuelta a matar, con la quijada de un burro o el fusil. Disentir hace parte de nuestra naturaleza, por convicción o por vicio.

Los argumentos, por otro lado, se simplifican y vale la pena analizarles, en estas ‘quejas comodín’ se encuentra el espíritu de una época, un gatillo fácil para resumir lo que pensamos sin pensarlo. El clásico “hay niños muriendo de hambre en La Guajira” (colombianización de la miseria africana), “millones movilizados por el papa pero nadie sale a protestar por –inserte el mal de su preferencia-” y otro sin fin de frases sencillas, que se dicen en la modorra de la siesta o en la fatiga de la noche, todas potencial objeto de estudio.

Falacias, de privación relativa para ponernos específicos, la presunción de que si a ‘X’ le importa ‘Y’ entonces desprecia ‘Z’. Si usted sale a ver al Papa y no a los guajiros es un mal ser humano, piense en todo lo que se podría hacer con el dinero gastado en la visita de una sola persona para ayudar a tantas en la pobreza (no mucho, por aclarar).

Pensamiento falaz porque bajo la lógica en la que este se apoya subyacen dos paradojas evidentes. Quien es atacado solo puede preocuparse por el problema más trágico sobre la faz del planeta, al fin y al cabo los niños en La Guajira mueren por decenas, pero en Etiopía el número llega a los cientos o miles, además ¿no serían más preocupantes las víctimas de las bombas en Siria? No, desde luego deben ser las decenas de miles de torturados en campos de trabajo forzado en Corea del Norte… el argumento se termina convirtiendo en una excusa para la inmovilidad.

La otra paradoja implica al atacante. Desde luego si esta persona tiene la clarividencia intelectual para dar su debida importancia a cada una de las miles de tragedias que pueblan el mundo, debería consagrar sus esfuerzos íntegramente al alivio de las mismas, sin descuidar su propia salud para poder continuar con su labor. El argumento es dado, normalmente, por personas que han hecho algo que consideran el pedestal sobre el cual responder, saben que van a ser cuestionadas por cuestionar y tienen la defensa preparada. “Yo fui a La Guajira, hace una semana, hace dos, hace un mes”, el punto es que he hecho más. El problema radica, como se comprenderá, en que bajo la misma lógica del argumento todo lo que esta persona haga después de su breve experiencia misionera carecerá de significado incluyendo, por extensión, al mismo debate que ha provocado.

El mundo no se va a salvar a punta de caridad, la sociedad no va a cambiar por el esfuerzo extenuante y continuado de acciones filantrópicas o loables. Importa más el valor simbólico de los actos y pensamientos para que, por su interiorización, favorezcan la normalización de las actitudes deseadas. Para Colombia la excusa de la reconciliación es más importante que el hecho que lo provoca y, en este sentido, Francisco y la súper mediatización de su visita han sido la razón perfecta para mirar todos, con desdén, curiosidad o devoción, hacia el mismo lado por un rato.

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