10:30 am. Viernes 03 de Agosto de 2018
Opinión
10:30 am. Viernes 03 de Agosto de 2018

 La creciente popularidad de la izquierda y las alternativas de “centro”  son una realidad incuestionable. Pararon de ser una amenaza para la derecha y específicamente para el centro democrático y se convirtieron en un estado de hechos con el que es perentorio lidiar. La fanaticada Uribista no se demoró en culpar al gobierno Santos por darle vía libre a la izquierda para afianzarse en los epicentros de poder y poner en marcha el plan Venezuela 2.0.  Sin embargo, esta afirmación carece de fundamentos y es un simple producto residual de la férrea e inexorable oposición a la cual se dedicó el centro democrático, la cual se propuso “achacar” todos los problemas del país a la administración del Presidente y no reconocerle ninguna virtud en absoluto al mandatario bogotano. Irónicamente, gran parte de la responsabilidad de la reciente popularidad de la izquierda es del mismo Uribismo.

Esta culpa se puede sintetizar en que el discurso no cambió, la corriente derechista dejó de ser propositiva y se empeñó en “agitar la camisa ensangrentada” (término político estadounidense que se refería a cuando un candidato basaba toda su ambición en el rencor de la guerra civil).  Durante el fervor de la guerra contra las FARC y la crisis de inseguridad, este funcionó. No obstante, en épocas de posconflicto, evocar la camisa ensangrentada solo hace que la ciudadanía reviva los numerosos pecados que cometió el gobierno de Uribe Vélez en el contexto de la seguridad democrática. La tradicional arenga derechista dejó de enardecer a las masas y de acoplar al pueblo detrás de la causa para convertirse en un fútil momento de un lapso histórico que muchos colombianos quieren olvidar, perdiendo así su utilidad política. Sin embargo, el arraigo cuasi populista que se le tiene al líder del CD ciega a los mismo copartidarios ante la paradoja evidente. Tanto el problema como la solución yacen en el núcleo del uribismo.

 Aunque no estén libres de pecado y a mucha gente le desagrade, las mejores propuestas para fortalecer la economía Colombiana, el sector público  y el sector judicial nacieron en el Centro Democrático y fueron las que defendió Iván Duque en su exitosa campaña a la Presidencia de la República. Son estas ideas alrededor del emprendimiento, desarrollo económico y fortalecimiento de las instituciones públicas las que deben ser la nueva bandera de la derecha. La nueva fuerza de la izquierda debe servir para que la derecha se “pellizque” y haga conciencia de que seguir agitando la camisa ensangrentada será el sello de su propio ataúd. Es más lo que le resta que lo que le suma hoy en día, y la mejor apuesta que tiene esta ala ideológica para sobrevivir políticamente es abandonar su clásico discurso y su fanatismo. Si esto se realizase, sería mucho lo que se lograría. En primer lugar, se abriría el partido a nuevos seguidores, ampliando así su rango de influencia. Y,  en segundo lugar,  se evitaría que los adversarios políticos se aprovechen de la des virtud de la “vieja guardia” para atacar cualquier planteamiento que se exteriorice desde este sector de la política.

No debe tomarse con absoluta literalidad lo que vengo diciendo, “agitar la camisa ensangrentada” sigue dando frutos, en este país todavía hay bastantes “nostálgicos” como en su momento los llamó Antonio Caballero. Pero más temprano que tarde, lo que vengo diciendo se convertirá en una realidad. Con el fin de no languidecer ante la izquierda populista, la derecha desde ya debe ir reposicionando su doctrina, evolucionando. Los adversarios han sido astutos, se dieron cuenta que la derecha se está aferrando a sus pecados, y han utilizado estos como plataforma política, alimentándose del rencor y propulsándose al poder.

Es imperativo que la derecha se renueve, que dejen atrás los discursos que poco construyen y polarizan el debate. Necesariamente deben dejar de forjar su ideología alrededor de patrones políticos, de Uribe, Ramos y compañía quienes inevitablemente traen consigo el recuerdo de la guerra. La economía naranja, la digitalización de los tramites, la integración del big data y el fortalecimiento del mercado de valores son pocos de los muchos ejes sobre los que se podría construir una nueva cara de la corriente derechista. Una corriente que no choque necesariamente con otros sectores, que no aliene, que busque innovar en vez que recordar y que busque construir en vez que dividir.

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