5:19 pm. Lunes 04 de Septiembre de 2017
Opinión
5:19 pm. Lunes 04 de Septiembre de 2017

La religión es vista, hoy en día, como un asunto de idiotas. Dicha tendencia encuentra eco y sustento, sobre todo, en la población más educada y favorecida de cada país y, entre más favorecido y educado el país en cuestión, mayor es la tendencia de la población a clasificarse como atea o a escoger la mezcolanza de creencias religiosas que se adapte mejor a su visión personal del mundo.

Las estadísticas hablan por sí solas, en Latinoamérica se encuentran los países con mayor población de católicos del mundo, siendo una de las regiones con más problemas de desigualdad, pobreza y violencia. Solo Brasil y México juntos suman más de 220 millones de creyentes, el 20% de toda la población perteneciente a esta religión en el planeta.

El viejo continente, por otra parte, ha sufrido una profunda crisis de fe en los últimos años y, aunque siguen siendo la segunda región en número de católicos, cada vez son más las personas que no se consideran adscritas a ningún dogma religioso en Europa.  En Francia el 37% de la población se declara atea o agnóstica y en España, históricamente cristiana, la cifra llega a 26%. Ni hablar de los países escandinavos con los niveles de calidad de vida más altos y un ateísmo que supera al número de cristianos.

La conclusión parecería obvia: las personas solo creen en Dios cuando la necesidad aprieta o cuando la falta de educación facilita la creencia en ideas que podrían, en principio, resultar irracionales. Y así es, los más fervientes creyentes no suelen ser las mentes más sagaces, cosa apenas lógica, la religión se alimenta de la disciplina, el carácter servil, la capacidad de creer sin ver y cuestionar poco.

En todo caso, el pecado de nuestros tiempos radica en no ser capaces de entender que esta es solo una parte de la historia, quizá una porción significativa de la relación de las personas con la religión, pero no la única. Las mentes más perspicaces deberían entender que es tan irracional creer ciegamente en la existencia de un ser todopoderoso que todo lo ve, como negar con absoluta certeza dicha existencia.

La cuestión va mucho más allá del clásico argumento “tu no me puedes probar nada, ni yo a ti”, se trata, de hecho, de un asunto ligado al más puro escepticismo científico. Cualquier persona que haya dedicado algo de tiempo a leer sobre física o astronomía sabrá que el funcionamiento del universo resulta demasiado armonioso, preciso y determinado, como para dar por sentado que esta organización, cada causa y efecto existente, son producto del más completo de los azares.

Dicha conclusión sería una contradicción en sí misma. La ciencia encuentra valor en hallar el significado o la razón de los fenómenos, la respuesta a la razón de la existencia, aunque fuera imposible de determinar, no puede ser “porque sí”.

Desde luego esto justifica dar el beneficio de la duda a la existencia de un dios, sin embargo, no puede justificar la existencia de organizaciones dogmáticas construidas alrededor de esta idea. En apariencia la religión no tiene una utilidad clara y, en algunas ocasiones, parece más perjudicial que beneficiosa. Esto, nuevamente, no resulta del todo acertado.

La religión es una muestra de humanidad en su más amplio sentido, durante siglos o milenios ha sido el principal vector cultural del hombre. Alrededor de las normas constitutivas de cada una hemos aprendido a ser humanos. A las religiones debemos la cultura escrita, la idea de educación, las leyes morales y códigos de comportamiento más básicos que, impulsados por la fuerza de una figura divina, pudieron sostenerse durante suficiente tiempo como para resultar evidentes en la actualidad.

No sería arriesgado decir que sin religión habríamos fracasado como especie y no es casualidad que estas formas de organización espiritual surgieran a lo largo de todo el mundo. Son tan innatas a nuestra naturaleza que si pudiéramos reiniciar a la humanidad seguramente volveríamos a repetirlas.

La religión cristiana, aún con sus múltiples y profundos defectos –como todo lo que implique seres humanos- cumple una función sociológica y psicológica invaluable. Ahí donde la negligencia de nuestros sistemas políticos y económicos produce hambre o miseria, la religión ofrece un alivio sencillo, barato y personal que ayuda a muchos a seguir día tras día y, al hacerlo, nos permite a todos, como sociedad, no sucumbir bajo el peso de una racionalidad incompleta.

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