9:33 am. Domingo 26 de Noviembre de 2017
Opinión
9:33 am. Domingo 26 de Noviembre de 2017

La crítica es fundamental en el ámbito de la historia, debido a su carácter de disciplina que estudia las actividades humanas en el tiempo como una “ciencia moral”, en el sentido de que se ocupa del comportamiento o de las acciones de los seres humanos organizados en sociedad.

Apoyada en la interpretación erudita, la historia requiere del espíritu crítico para eludir la ingenuidad o poner en su sitio a la mentira, a la falsificación. En la construcción de certezas (es decir, asertos que no sean falsedades), la historia bebe de la forma de pensar científica, y acude a las fuentes como instrumentos de contrastación de su verosimilitud.

La manera de pensar básica de la ciencia difiere de la del mito, la leyenda o la religión. La historia, como toda ciencia, acude a la razón y la convierte en el eje de la elaboración de sus conclusiones. El conocimiento histórico es, básicamente, un resultado que elude la simple emoción y que, a menudo, está mucho más allá de la mera intuición.

Como pensamiento razonado y formalizado, y como forma de conocer (que se estructuró en un largo desarrollo disciplinar), la historia no funciona basada en la fe o la creencia. Su razón de ser también está en la duda, y en producir sus conclusiones partiendo de una metodología similar a la del "ensayo y el error”, mediante la cual se establecen los hechos o conocimientos, a través de un proceso crítico inevitable.

Esto quiere decir que las categorías, modelos o teorías históricas solo alcanzan cierto estatus después de un procedimiento de crítica que nunca concluye, porque siempre depende del estado de la investigación, de los hallazgos localizados en las fuentes y de los aportes de los historiadores.

La historia es dinámica por el papel de ese proceso de revisión continua, el cual ocurre en el campo de la propia disciplina, en su relación con las demás ciencias sociales o con las otras ciencias.

La crítica intersubjetiva ha sido fundamental en la transformación de la historiografía, y está relacionada con el trabajo de los propios historiadores, con el de los demás investigadores sociales, y con los progresos teóricos o epistemológicos asimilables, ocurridos en las llamadas ciencias duras.

La crítica intersubjetiva (o sea, la que ocurre en el intercambio de los pares intelectuales) se ha dado entre los propios historiadores (para generar teorías, métodos, técnicas y contenidos históricos), y con los científicos de otras áreas.

Por ejemplo, el asunto de cómo y qué se conoce en historia ha contado con los aportes de los sociólogos, los filósofos, los economistas y de los propios historiadores, en un debate que facilitó la consolidación de un lenguaje teórico-metodológico y el avance de los conocimientos históricos.

Pero la crítica no se relaciona solo con las teorías, métodos, técnicas, objetos de estudio y conclusiones, sino con el manejo de las fuentes. Se podría decir que el proceso crítico en la historiografía arranca con la manera como el historiador se relaciona con sus testimonios voluntarios e involuntarios.

El positivismo decimonónico sistematizó la crítica de las fuentes con el propósito de no pecar por ingenuidad o por excesiva credulidad. Langlios y Seignobos (Introducción a los estudios históricos) sostuvieron en su clásico manual que la crítica de las fuentes debía abarcar dos momentos: la crítica externa y la interna.

La crítica externa equivale a ganar certeza acerca de la originalidad o validez de una fuente. Es decir, consiste en adquirir absoluta confianza en ella porque se la ha sometido a todos los procedimientos para descartar que sea falsa.

Una fuente falsa induce al error a quien investiga, pues lo lleva a construir falsedades y hasta a hacer el oso, si la falla es descubierta por sus pares. Cualquier fuente falsificada provoca una auténtica catástrofe en las conclusiones elaboradas por el investigador, las cuales también resultarán falsas. En consecuencia, la crítica externa es fundamental para validar los conocimientos obtenidos, y es una obligación de todos los historiadores.

Con la crítica interna se pretende (utilizando la hermenéutica) establecer si el contenido de una fuente es cierto, creíble o falso y dudoso. Esta es fundamental en la construcción de los asertos, donde juega un papel esencial la capacidad interpretativa del historiador.

En muchos casos, la adquisición de la certeza o verosimilitud en cuanto a los datos contenidos en una fuente solo es posible a través del “cruce de fuentes”, es decir, mediante la comparación de los datos de una fuente con los que aparecen en fuentes diferentes.

En otras circunstancias no es posible lograr ninguna certeza sobre lo ocurrido, porque los datos aportados por la fuente son ambiguos, y la sola comparación con otras fuentes no permite resolver la duda. Cuando eso ocurre, lo adecuado es contarle al lector sobre la imposibilidad de plantear una conclusión segura, por las limitaciones a nivel del manejo de los datos.

Los datos que aportan las fuentes, mediante la crítica interna, son esenciales para generar los asertos, o sea, los conocimientos históricos. Así como no es posible producir historia de calidad con fuentes mal criticadas externamente, tampoco es seguro extraer conclusiones válidas con datos pobres, endebles o falsos.

Las fuentes y los datos son claves en la elaboración del discurso histórico, porque representan los vestigios de lo que ya ocurrió, aunque nunca puedan contener todo el proceso social en su complejidad. Sin fuentes, sin datos, es imposible producir conocimientos históricos.

Esta enseñanza positivista continúa siendo esencial, porque la historia no es solo mero ejercicio interpretativo del historiador, sino que tiene la necesidad de establecer hechos.

Y los hechos solo se pueden establecer utilizando los hallazgos localizados en las fuentes. Como anotó certeramente Pierre Vilar, nunca en historia se establecen interpretaciones sino los hechos.

Precisar los contornos de un hecho requiere de un ejercicio crítico e interpretativo de la mayor importancia dentro de la historiografía. Saber o entender cómo fue un acontecimiento, una coyuntura, una estructura o una institución en un espacio y un tiempo bien definidos es clave en el proceso de construcción de los conocimientos históricos.

La erudición, la capacidad interpretativa y el ejercicio crítico sobre las fuentes y sobre los contenidos elaborados constituyen momentos indispensables en el procesamiento del discurso histórico. Tragar entero o pecar de ingenuo son lujos que nunca deben estar al alcance de ningún historiador.  

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