12:36 pm. Domingo 03 de Septiembre de 2017
Opinión
12:36 pm. Domingo 03 de Septiembre de 2017

El corrupto de élite colombiano se mueve en un caldo de cultivo que facilita su desarrollo. La ambición que nutre la economía de mercado, el dinero fácil y la ostentación vanidosa; una cultura que celebra el triunfo del más vivo; la estructura política permeable al ingreso de los oportunistas y al triunfo de los más cínicos (convertidos, por el poder del dinero, en los más fuertes)…son las principales coordenadas en que nada el corrupto como pez en el agua.

La crisis de la alta justicia es una secuela de la ligazón entre la peor política y las instituciones encargadas de administrar y aplicar la ley. Según los expertos, el error incubado en la Constitución de 1991 consistió en entregarle poder decisorio a los políticos, sobre todo a las mafias de traficantes que se tomaron el Congreso.

El cambio de favores entre las diversas ramas (y la tentación de adquirir dinero sobornando) es la telaraña que prohijó a los magistrados corruptos, y a un personaje joven, pero funesto, como Luis Gustavo Moreno. Esa dinámica entre el legislativo, el ejecutivo y la justicia está en la base de la corrupción que hoy ha salido a la luz pública.

La cultura del todo vale, del irrespeto a lo público, del uso indebido de las instituciones y del saqueo de los dineros del Estado fue, en parte, una secuela de la guerra y de la economía del narcotráfico. Este nicho alimentó las mafias políticas, es decir, las empresas de los barones que penetraron la política para asaltar los dineros estatales, empleando diversas e ingeniosas estrategias.

Por todo esto era muy difícil que la política no se convirtiera en lo que se ha convertido: una cloaca dominada por los oportunistas impulsados solo por la ambición del dinero y motivados a tomarse el poder para esquilmar al Estado. Pero, más allá de las circunstancias favorables ¿qué es lo que tipifica al corrupto?

Si partimos del supuesto de Rousseau diríamos que este es así porque la sociedad lo empuja a ser así. De donde obtendríamos una respuesta incompleta pues ¿cómo se explica que haya gente proba, impoluta, que no se deja llevar por las variables que predeterminan, socialmente hablando, la corrupción?

Es claro que la forma de ser del corrupto es el resultado de una adaptación habilidosa al medio que le rodea, pero también es una consecuencia de unas profundas carencias. Al corrupto no le importa lo correcto, ni lo justo, ni lo bien hecho desde el punto de vista cultural, legal o institucional.

A este solo le importa su ambición, la mejor manera de sacar provecho para sí o para sus allegados, sin que cuenten las normas establecidas, ni la legalidad vigente, ni el hacerle daño a los demás. El corrupto es un ser voraz que utiliza la política o los cargos de poder para sus fines particulares, así estos sean los más deleznables.

Es decir, este parásito que devora la sangre del Estado (o que hace lo que sea con tal de conseguir riqueza o poder) carece de ética, del sentido del deber, de lo correcto, de lo justo o de lo bien hecho, a la luz de los intereses generales. Conoce las normas y el funcionamiento profundo de las instituciones, pero ese saber siempre está al servicio de lo mezquino, de la maldad, de los intereses más egoístas.

Podemos explicar su comportamiento partiendo de la psicología o de las demás ciencias, pero siempre obtendremos un hecho: la forma de ser corrupto siempre se produce en unas circunstancias económicas, políticas o culturales, pero por más que las condiciones generales faciliten la emergencia del problema (como ocurre ahora en nuestro país), la telaraña de la corrupción no cubre a todos, y siempre habrá gente que se oponga a ella, aun en las circunstancias más adversas.

Hay factores ideológicos o políticos que estimulan el irrespeto de la legalidad y el uso del todo vale. Pero aún en esos casos y dentro de esas tendencias, hay gente que se opone a superar ciertos límites y desarrolla un perfil de respeto a lo correcto, a lo justo, bajo la premisa de que por encima de los intereses individuales están los de la sociedad.

En las sociedades contemporáneas se abre campo la idea del respeto a lo público, sobre todo a las instituciones que le sirven a las mayorías o que se usan para redistribuir el ingreso a gran escala. Esta es, precisamente, la primera norma de la convivencia adecuada que violan los corruptos, sin que importe mucho su filiación política o ideológica, como lo demuestra la experiencia colombiana.

En todos los casos en que las condiciones sociopolíticas, económicas y legales lo permitan surgirán los corruptos. Pero a pesar de esta ley de hierro, también se desarrollan anticuerpos contra la corrupción, encarnados en los mejores hijos de la sociedad, que logran poner por encima de su ambición los intereses generales y el sentido de lo correcto, de lo justo, de lo legal y de lo bien hecho.

La corrupción es hoy una pandemia nacional que debe ser combatida desde todos los flancos, no solo desde los organismos encargados de erradicarla (o ponerla bajo control), sino desde la educación, las redes sociales o los otros medios de comunicación.

Es pertinente construir una cultura, un andamiaje estructural simbólico, de cero tolerancia con los corruptos y con la corrupción, en que ser bandido o ladrón no pague, y mediante la cual quien irrespete lo público se haga acreedor a la censura social más mortífera, como ocurre ahora en otras naciones.

También es urgente mejorar la calidad de las instituciones y de la escogencia de los funcionarios que las manejan, eliminando las distorsiones politiqueras que le abren la puerta a los maquinadores y corruptos. La justicia, y el Estado en general, deberían tener más armas para combatir el flagelo, y más dientes y filtros meritocráticos que se la pongan aún más difícil a los parásitos de la corrupción.

El problema más grave quizás esté en el campo de la estructura política. Por la guerra y por el narcotráfico, entre otros factores, el Estado es frágil ante el asedio de la politiquería y el clientelismo. Este se ha visto históricamente como un medio de ascenso social (o de enriquecimiento) para la mayor parte de las élites y de sus caudas electorales.

Combatir la corrupción dentro de las instituciones estatales pasa por combatir el clientelismo y la politiquería, un modus operandi que practican casi todos por necesidades de sobrevivencia. La corrupción en las altas cortes y en los demás sitios donde ocurre tiene como una matriz decisiva el clientelismo y la politiquería, un modo de funcionar que toca a todos los partidos, más allá de sus intenciones, de su propaganda o de su ideología.

Como puede apreciarse cambiar este estado de cosas en que se cosecha la corrupción no es una tarea fácil, y requiere del concurso de los mejores hijos de la sociedad, de aquellos que piensan más en los intereses generales, y que reconocen la importancia de una ética de lo público que mejore la calidad de la vida.

Aunque haya claridad sobre los cambios necesarios para combatir la corrupción, no es pertinente hacerse ilusiones acerca de la velocidad y seguridad de esos cambios. Hay mucha gente en este país comprometida en el todo vale, y en un contexto así un salto al vacío que pretenda cambiarlo todo mediante una constituyente en vez de paliar o curar el mal, lo agravaría.

Después de tanto tiempo, hay que aprender que el corrupto es hábil para engañar y mentir, porque carece de los escrúpulos que le impidan hacerlo. El corrupto ensucia la política, y su estilo camaleónico dificulta su detección, porque casi siempre pasa por honesto o por pulcro.

Una constituyente dominada por los corruptos para combatir la corrupción es como si pusiéramos, otra vez, a miles de Morenos y de Bustos a enfrentar ese flagelo. Lo que pide el momento es que todos hagamos la tarea desde nuestras propias trincheras.

Que los políticos realmente honestos hagan su trabajo dentro de los partidos, en el Congreso y dentro de las demás instituciones estatales, procurando reformas ácidas o mortales contra los corruptos. Que los medios de comunicación cumplan la tarea de orientación, sin contemporizar con las corruptelas.

Y que sigamos trabajando en todos los terrenos para reformar y fortalecer nuestras instituciones, siempre con la mira de que estén al servicio de las mayorías y no de sus destructores, o de los bolsillos de los particulares.

Quizás nunca logremos erradicar por completo la corrupción, pero al menos debemos tener como norte la construcción de una cultura y de una sociedad que se las ponga muy difícil a esos engendros, como hoy ocurre en algunos países. De todas maneras, lo peor que podemos hacer es cruzarnos de brazos.

 

   

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