9:21 am. Miércoles 02 de Agosto de 2017
Opinión
9:21 am. Miércoles 02 de Agosto de 2017

Todo poder político sostenido tan solo por la presión de la fuerza está destinado al fracaso. Sostener un Gobierno a punta de mentiras es difícil, pero hacerlo con la amenaza de la violencia es imposible. De esta forma Maduro ha sellado el destino de Venezuela el pasado 30 de julio, la votación para elegir a la Asamblea Constituyente es la reafirmación de lo que ya era aparente desde hacía mucho tiempo, el Gobierno venezolano considera imposible la coexistencia con la diferencia y el presidente se propone erradicar hasta el último pensamiento divergente.

Resulta difícil explicar el acto de megalomanía o egoísmo absoluto que puede llevar a un individuo a perseguir el bienestar personal con tal vehemencia ¿Cree Maduro en la revolución que camina?, ¿podría ser que sus arengas antiimperialistas sean sinceras? Quizá en su mente el mundo de conspiraciones que alimenta desde el poder es tan real como el hambre injustificado de su pueblo. Un loco que timonea el destino de una nación, esperando a estrellar.

El miedo, sin embargo, parece una explicación más apropiada, aunque menos emocionante. El miedo a las consecuencias y la incapacidad para enfrentar las propias responsabilidades son razones estadísticamente más probables, aunque ya aburran de tanta repetición. Es la causa de casi todos nuestros males latinoamericanos, la irresponsabilidad llevada a su estado máximo, Maduro y su Constituyente son una apoteósica manifestación comunista del “yo no fui”.

“Yo no fui el que dilapidó en un barril sin fondo las gigantescas sumas de dinero que entraron a Venezuela durante la bonanza petrolera”, “yo no fui el que apoyó el clientelismo y la ineficiencia, distorsionando todo el mercado financiero y haciendo del Gobierno la mayor empresa de Venezuela”. No, desde luego, él no fue, al menos no solo él.

Desde Chávez hasta el presidente que habla con los animales, cada venezolano que ha preferido vivir bajo la teta mágica del petróleo es responsable a su manera. Venezuela es responsable de su destino, un destino que lleva comprando desde el siglo XX, algo que a la oposición le gusta olvidar convenientemente, esa responsabilidad que les llevó a dilapidar también el dinero de su propia bonanza petrolera, entre 1970 a 1990, cuando era considerada la Arabia Saudita de Latinoamérica.

Hoy Maduro mantiene esa rabieta de niño pequeño, que repite la mentira de su culpabilidad hasta creerse su invento. Se ha aferrado tanto a su mentira que cuando suelte el escudo protector del poder no le quedará otro refugio que la cárcel, mucho más humanitaria, eso sí, que el trato que ha prodigado él a quienes le han señalado su responsabilidad sobre el agua derramada.

Hay poco más que debatir en Venezuela, la clásica dicotomía derecha-izquierda resulta absurda ante la magnitud del caos que reina en territorio venezolano y el advenimiento de una nueva Constitución, escrita a todas prisas para alargar indefinidamente un periodo presidencial que, aunque se hiciera eterno, ya casi termina. Sin embargo, ¿por qué atribuir a la maldad lo que puede ser explicado por simple inmadurez?, así de simple: el régimen mantiene su yugo por miedo a las consecuencias de aceptar que la ha cagado.

Para hacer nuestro este momento en la historia de los venezolanos, la pregunta que nos deberíamos hacer todos los colombianos -siempre prestos a reafirmar nuestra viveza- es, si estuviéramos en las mismas, cabezas de un régimen que termina, ante la opción de la cárcel o culpar a otros de nuestros problemas ¿cuánto tardaríamos en montar la constituyente?

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