10:02 am. Domingo 05 de Noviembre de 2017
Opinión
10:02 am. Domingo 05 de Noviembre de 2017

Cualquiera pensaría que la concreción de los diálogos en un acuerdo de paz calmaría los ánimos en un país tan polarizado. Pero no ha ocurrido así. Por el contrario, los odios cruzados entre los bandos parecen dominar el escenario político, por lo menos entre un sector de la izquierda y otro de la derecha.

Más allá de usar el miedo y el odio como instrumentos de radicalización y como táctica política resulta evidente que existe una inquina acumulada por las décadas de guerra, que no podrá ser suprimida para el evento electoral del año próximo.

Como lo muestran las redes sociales, los militantes de la derecha y de la izquierda seguirán en lo mismo en que han estado para demostrar quién guarda más rencor que el otro a la hora del combate mediático, el cual nunca alcanza el nivel de intercambio de ideas, y solo proyecta la rabia contra quien se considera el enemigo.

Esto expresa una degradación del “debate” público, que es una secuela de la guerra degradada que padeció la nación por mucho tiempo. De hecho, esa batalla campal de improperios, que satisface el rencor de muchos, no ayuda a entender los múltiples problemas que sufre el país.

Más que agresiones, más que insultos que ocultan o eluden el análisis sereno de los problemas, lo que requiere el momento son propuestas para enfrentar las dificultades. Nada ganamos con echarle más inquina al canasto de odio que nos legó la guerra.

Esta nación arrastra una gran dificultad que, junto a la violencia, la convierte casi en una república inviable. Es el lastre de la corrupción. ¿Qué ideas plantean la izquierda y la derecha para enfrentar esta problemática, más allá de las acusaciones mutuas, pues en ambas mochilas se guardan casos de corrupción?

Otro asunto importantísimo tiene qué ver con la desigualdad, la pobreza y la falta de oportunidades que sufren millones de colombianos. En vez de continuar lanzando dagas envenenadas y sin contenido programático, los contendientes deberían proponer soluciones para este fenómeno histórico, que afecta la calidad de vida de la mayoría de la gente. 

El campo colombiano, tradicionalmente tratado de manera muy marginal, debería estar en el centro de la agenda programática. No solo porque ha servido de caldo de cultivo de la guerra sino por su papel en el conjunto de la economía y, sobre todo, por las condiciones de pobreza y miseria en que viven la mayor parte de los campesinos.

Lo más lógico es que, en los medios y en las redes, los grupos políticos adelantaran un profundo debate sobre el campo y los campesinos, con miras a resolver sus dificultades. Un buen insumo para esa discusión es la reforma integral que se plasmó en los acuerdos de La Habana, donde hay propuestas profundas y pertinentes para enfrentar ese problema histórico.

Limpiar la política de los corruptos, mejorar la calidad de vida de la gente (enfrentando también el espinoso tema de la salud), reorganizar la explotación minera, entre otros asuntos, pasa por repensar el modelo económico y político que se ha forjado en los últimos tiempos, lo cual requiere soluciones por parte de los políticos.

Hay que actuar a favor de la naturaleza, colocándole talanqueras legales a quienes la depredan y destrozan por el simple lucro económico. Tenemos que planear estrategias para adaptarnos al cambio climático. Todos estos y otros temas relevantes merecen ser debatidos en público, en vez de continuar inmersos en una guerra de agresiones de donde no sale nada que le sirva al país.

Un buen paso en el sentido de no responder agresión con agresión lo dio recientemente Iván Márquez, quien expresó que si se llegara a encontrar con el expresidente Uribe lo saludaría con mucho respeto. Lo mismo está planteando Imelda Daza, quien le ha bajado el tono a la confrontación al proponer, en diversos escenarios, ideas para discutir.

Esta debe ser la ruta, más allá de que estemos o no de acuerdo con los adversarios políticos. Porque esta ruta expresa el cambio profundo que ha ocurrido en la nación: ya no estamos en una coyuntura de confrontación armada sino en otra donde se aclimata la paz.

Y si de lo que se trata es de abrirle camino a la paz en todos los niveles, resulta inadecuado reemplazar la discusión serena y razonada de ideas por las patadas, las trompadas, las calumnias y las mentiras, que son los recursos de quienes carecen de propuestas y siguen amando la guerra.

El país está saturado de agresiones y necesita que la derecha (es más exacto escribir la ultraderecha) y la izquierda (o, mejor, la ultraizquierda) abandonen la coyuntura de la guerra y entren en la etapa de la paz.

Porque los cambios ahora no podrán hacerse por la vía violenta, sino mediante el juego democrático y a través de las reglas legales establecidas. Hay que plantear propuestas inteligentes para transformar el país, sin acudir al plomo verbal o escrito.

La guerra mediática entre la ultraderecha y la ultraizquierda niega el debate político con altura, y le conviene solo a quienes quieren ocultar los problemas porque no tienen soluciones. La pelea mediante improperios es una batalla de autistas, que en nada beneficia al desarrollo de la buena política.

La buena política requiere de políticos inteligentes y serios que sepan plantear ideas para resolver los problemas nacionales. La guerra de verduleras de la ultraderecha y de la ultraizquierda en las redes y en los medios daña la política y representa al pasado. Se necesita otra política para mejorar este país. Ni más ni menos. 

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