11:01 am. Viernes 17 de Marzo de 2017
Opinión
11:01 am. Viernes 17 de Marzo de 2017

Cada persona en un país democrático como el nuestro, tiene la opción de escoger su “modus vivendi” a través del cual puede pretender construir su futuro. Es libre para aspirar a vivir cómodamente y a darse los lujos que le dé la gana. Elegir entre estudiar una o varias carreras profesionales; ser solo bachiller y dedicarse al comercio; meterse en el mundillo de la política o, por qué no, tomar el camino de convertirse en un líder espiritual.

Pero lo que no se debe hacer es querer hacerse rico torciendo la ley. Con base a engaños a clases menos favorecidas y de escasa cultura quienes, paradójicamente, terminarán costeando sus viajes, sus vehículos de alta gama, sus propiedades y los antojos de su familia.

Escudados bajo la religión Cristiana Evangélica algunos pastores usan el púlpito no  para aliviar las penas espirituales de sus fieles ni mucho menos para diseminar la palabra de Dios. Sus sermones van casi que en una misma línea: la obligación de diezmar, incluso, con “cuotas extraordinarias” para “mantener la iglesia”, cuando en realidad al que están manteniendo es al Pastor y a sus familias.

Lo del aborrecible pastor Arrázola en Cartagena que en escena es lo más parecido a un payaso de circo, es solo la punta del iceberg. Como Arrázola, existen decenas de “líderes espirituales” que no solo acumulan riquezas –por las que el Gobierno ni siquiera pregunta ni grava con impuestos—sino que acceden a favores sexuales de muchos de sus feligreses aprovechando su bien vendida condición “divina”. Denuncias y casos como este, abundan en los medios uno más extravagante que el otro.

Tratar de desvirtuar las evidencias que Édison Lucio Torres, el periodista cartagenero que denunció a Miguel Arrázola por su bien montada empresa para su lucro personal que tiene como parapeto la fe y en la  que recauda cientos de millones a costa de ilusos creyentes, es querer tapar el sol con las manos. Estos incautos fieles  son capaces de entregarle hasta cuatro millones mensuales a este remedo grotesco de líder espiritual para que pueda construir un templo más cómodo con lo que a la larga el “pastor” se termina embolsillando, según la denuncia del periodista Lucio Torres,  la nada despreciable suma de doscientos millones de pesos mensuales. “Ríos de Vida”, como dice llamarse su iglesia evangélica debería bautizarse como “Ríos de dinero”. Los mismos que este lobo disfrazado de pastor se engulle junto con su familia en viajes, lujos y excesos. Vea aquí el video en que Arrázola amenaza de muerte a periodista cartagenero

Su tolerancia espiritual; su bondad divina; su excelsa educación y su don de ayuda al prójimo, le fluyen por los poros a Arrázola. Para deslegitimizar a los cada vez más numerosos  contradictores que indignados ven como este hombre despluma a los más pobres, los acusa de “horda de maricones”. Si así fuera ¿qué tiene que ver la condición sexual con el asalto a costa de la fe? ¿Qué clase de religión promueve las amenazas de muerte en pleno oficio del culto? ¿Qué calaña de personas acoge esta religión para darles la condición de pastor? ¿Los líderes de esta religión avalan que este oscuro personaje –y otros más—anden rodeados de matones con discursos paramilitares próximos a lo más recalcitrante del demencial uribismo?

No sabremos si se siente intocable por sus simpatías con el abominable ex Procurador Ordoñez (quien además sería un gran pastor sin duda), por su elocuente idolatría a Uribe o si su circuito cerrado de grandulones armados lo dejan fuera de todo peligro terrenal. Mismos "tablúos" a los que él no dudará en mandar a “hacerle la vuelta” a un contradictor, para que aparezca, días después, boca arriba en la Ciénaga dela Virgen. Pero -¡válgame Dios!- eso es solo un decir porque su “redención espiritual” ha hecho de Arrázola –según el mismo se jacta en decir—“un hombre nuevo”. Si así es su versión redimida, no quiero ni imaginarme la calaña de persona que sería antes de su milagrosa redención.

El “Pastor” Arrázola, así como otros muchos como él, por sus acciones y peligrosas declaraciones, se asemeja  más a un vulgar estafador mercader de falsa fe al que le importa un pepino el bienestar de la comunidad que a un abnegado líder espiritual. A él solo le importa ¡oh sí! que los “ríos de dinero” sigan fluyendo para que el parapeto de “Ríos de vida” tras el que esconde su verdadero yo, siga sonando mensualmente como caja registradora de un almacén de cadena.

Y mientras tanto, mientras termino de escribir la columna, veo con terror como en un canal de cable, un pastor extranjero insta -como poseído por el demonio- a sus fieles a “llamar ahora” para que “donen para su salvación”. Lo que no queda claro, como jamás quedará, si es para la riqueza espiritual de los fieles, o la riqueza de las cuentas personales del pastor.

 

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