9:31 am. Domingo 31 de Diciembre de 2017
Opinión
9:31 am. Domingo 31 de Diciembre de 2017

Empezó a hacerse realidad un proyecto que parecía imposible: el de la construcción de un Gran Malecón que le devolviera el Río Magdalena a la ciudadanía barranquillera, un río que había sido secuestrado por los intereses económicos privados desde hace mucho tiempo.

Esa trascendental obra está llamada a convertirse en un hito de la renovación urbana de la urbe. Pero, además, integra nuestra historia ribereña con las necesidades recreativas, culturales, educativas, comerciales y habitacionales de una población que no utilizaba su río sino para la industria, el comercio y la actividad portuaria.

Con este paso, la ciudad se equipara a aquellas grandes urbes del planeta que poseen ríos y que han convertido su riqueza ecológica e hídrica en un tesoro disfrutable por la mayoría de la población, como son los casos de Hamburgo, en el Elba, y de Guayaquil, en el Guayas.

Los dos ejemplos sirven de muestra acerca de cómo hacer para recuperar e integrar espacios degradados o abandonados del entorno urbano a la vida económica, cultural, recreativa y lúdica de la mayor cantidad de pobladores y visitantes.

Hamburgo, para citar un hito en esa línea de pensamiento, acaba de terminar un gran escenario multifuncional (que incluye una majestuosa sala de conciertos) en la ribera de su río, reutilizando el espacio de una vieja bodega industrial abandonada.

El gobierno y los líderes locales estaban en mora de acometer la reintegración del Río Magdalena a la urbe, a la población, como lo había sugerido la Misión Japonesa décadas atrás.

Pero no solo a partir de soltar cemento a diestra y siniestra (perdiendo de vista construir ciudad como eje del desarrollo humano), sino concibiendo el proyecto como una estrategia multiforme de renovación y progreso, cuyo epicentro sea el bienestar de la mayor parte de los habitantes.

Esto es lo que se ha empezado a concretar con la terminación del primer nodo del malecón en la zona del Centro de Convenciones Puerta de Oro. La asistencia masiva y el entusiasmo de los visitantes demuestran que ese primer puntillazo cayó muy bien y que era necesario.

Lo deseable es que esta monumental obra se complete sin ningún contratiempo. Es decir, que los más de cinco kilómetros de vía paralela al Magdalena se terminen según lo planeado. Y que toda la infraestructura proyectada se haga realidad, para que la gente se apropie de su río de manera definitiva.

Este es el mejor modo de evitar que el Gran Malecón y la Avenida del Río adquieran el rostro de los elefantes blancos que inundan el país, convertidos en sinónimo de despilfarro y mal uso de los dineros públicos.

Ya llegará la hora de disfrutar esa nueva zona recreativa, turística, comercial, administrativa y lúdica de la ciudad de manera más activa, cuando florezcan los emprendimientos asociados al transporte turístico en el río y sus alrededores, o cuando se multipliquen los usos deportivos o relacionados con el Carnaval, por mencionar solo algunos.

El Gran Malecón de Barranquilla se convertirá en la realización más emblemática de la ciudad, en la tarjeta de presentación más reluciente que podamos entregar a los visitantes nacionales y extranjeros, y en el orgullo de los barranquilleros raizales y adoptivos.

Junto con la superación del karma de los arroyos, ese proyecto multiforme le cambiará el rostro a la urbe, al mostrarla como modelo de desarrollo planeado que usa la historia, y al tener en cuenta no solo las variables económicas sino las necesidades de espacio público, de parques, y de mejoramiento de la calidad de vida de la gente.

 

 

   

  

 

Comentarios