9:53 am. Domingo 19 de Marzo de 2017
Opinión
9:53 am. Domingo 19 de Marzo de 2017

La alianza que organizó el Presidente Santos llegará a su fin el próximo año. La llamada Unidad Nacional fue decisiva para llevar a cabo los procesos de paz con las Farc y con el ELN. El primer proceso está ya en su fase avanzada, y el segundo intenta tomar vuelo.
Sin la Unidad Nacional, Santos no hubiera podido coronar la pacificación con las Farc (sobre todo después de la derrota en el plebiscito del 2 de octubre) porque, como es sabido, la aprobación de normas y disposiciones por la vía rápida en el Congreso ha contado con el apoyo de los partidos de esa alianza.
Es decir, el espaldarazo de los partidos que lo acompañaron en el gobierno ha sido fundamental para que Santos llegara hasta donde ha llegado, jugándose entero por la paz, y contra la oposición malintencionada de la ultraderecha guerrerista que orienta el expresidente Uribe.
Pero, como ocurre con casi todos los mandatos que llegan a su fin, el de Santos ha sufrido un gran desgaste, y el pacto que le ayudó a gobernar, en consecuencia, empieza a hacer agua por los cuatro costados. Lo más seguro es que la mayoría de los partidos de la Unidad Nacional abandonen ese acuerdo después de agosto del año próximo.
Los conservadores ya empezaron a preparar el terreno para organizar su propia tolda, y tal vez tengan candidato propio en las presidenciales que se avecinan. El Partido de la U y los liberales, los más afines ideológicamente a Santos, quizás convengan una candidatura conjunta, si la sensatez se impone a los apetitos personales.
Vargas Lleras y su Cambio Radical representan una gran incógnita, porque los liberales y la U no lo digieren bien, y en el Centro Democrático hay gente que le coquetea, pero también muchos que lo detestan, por aquello de haber acompañado a Santos en la famosa traición a Uribe. 
No es fácil una alianza entre Vargas Lleras y Álvaro Uribe, a pesar de que los une la famosa mano dura; pero tampoco será fácil un acuerdo entre este político y los otros partidos de la agonizante Unidad Nacional. De donde se infiere que uno de los aspirantes que la tendrá más dura para coronar la presidencia será Vargas Lleras, sobre todo si se parte del supuesto de que las elecciones en este país se ganan con plata y con maquinarias muy bien aceitadas.
Esa dinámica política electoral tiene mucho que ver con el proceso de paz que involucra a las dos guerrillas mencionadas. Las condiciones políticas en el futuro serán muy distintas a las que procreó Santos con la Unidad Nacional, tanto este año como el próximo. Y aún no puede uno imaginarse cómo serán las cosas después de agosto del 2018.
La polarización nacional se incrementó como consecuencia del proceso de paz. Un sector del país le apostó a la pacificación, en tanto que otro persistió en la salida militar. La ultraderecha, dirigida por el Centro Democrático, se ha opuesto cerreramente a la salida negociada y por eso ha tratado de sabotear el proceso de paz y de tumbar a Santos.
Una parte gruesa del establecimiento político (que gira alrededor de la Unidad Nacional) se fue directo por la paz negociada, con el acompañamiento de la izquierda y de sectores independientes. Este es el ajedrez político que empieza a descomponerse, en vísperas de las presidenciales que se avecinan.
El problema de fondo vislumbrado es que la agonía de la Unidad Nacional coloca en una situación muy precaria el proceso de paz, si tenemos en cuenta que este había sido apoyado durante casi diez por un presidente muy decidido y por unos partidos del establecimiento que le cogieron la caña, por la razón que sea.
¿Qué ocurrirá con lo avanzado y en el posconflicto si no ganan el poder los partidarios de la solución negociada? ¿Cómo enfrentará la ultraderecha la vía rápida y todo lo que se desprenda de ella en materia legal para viabilizar lo acordado y lo ganado hasta ahora?
Para la continuidad de todo lo avanzado, lo ideal es que ganen las fuerzas que apoyan la pacificación. Pero nada garantiza que eso sea así. Y de aquí se deriva la máxima incógnita de la política nacional para el futuro reciente, porque nadie puede asegurar que perderá la ultraderecha.
Si el Centro Democrático obtiene el poder, el principal damnificado será el proceso de paz, porque ya algunos de sus militantes han planteado que no respetaran nada y lo replantearán todo. Ya se ha visto que en el Congreso han intentado sabotear el fast track, y sus críticas a la justicia transicional anticipan lo que ocurrirá si regresan al poder.
Es casi seguro que si la ultraderecha militarista retoma el poder central buscará enseguida desbaratar todo lo avanzado. Esto quiere decir que un escenario así no solo pone en entredicho los logros legales y políticos hasta ahora conseguidos, sino todo lo acordado en materia de reformas, incluida la reforma del campo colombiano.
Existe un gran riesgo para el proceso de paz como consecuencia de las dinámicas electorales que se avecinan. Las fuerzas ultraconservadoras y retrógradas tienen claro a qué le apuestan y lo que harían en el caso de un triunfo en las presidenciales.
Pero, hasta ahora, no existe nada parecido entre quienes defienden la paz negociada y los acuerdos obtenidos. Los partidos de la moribunda Unidad Nacional sacan los cuchillos y disparan sus balas en pos de la presidencia, sin que (para muchos de ellos) la paz siga siendo la prioridad.
La izquierda continúa en su tradicional batalla de egos, y algunos de sus sectores no parecen sentir el asunto de la pacificación (y sus riesgos) como la gran prioridad nacional, incluso por encima del tema de la corrupción, la cual, ha propósito de lo de Odebrecht, contribuyó a deslegitimar aún más a Santos.
El tema de la corrupción será prioritario en las próximas elecciones, más que nada para movilizar electores. Pero la prioridad uno A del proceso político continúa siendo el asunto de la paz, porque nada se ha ganado aún con solidez en esa materia.
Se requiere un gran acuerdo nacional para defender lo logrado y para darle continuidad al proceso con el ELN. Es urgente trabajar en un consenso multipartidista y pluri-ideológico que proteja lo acordado en La Habana,  y que garantice un posconflicto en condiciones democráticas.
El gran reto que los políticos y el país tendrán consiste en garantizar que los sectores democráticos y no guerreristas triunfen en las próximas presidenciales. Solo un hecho político así evitará echar para atrás todo lo conseguido hasta ahora con grandes dificultades.
Ese gran acuerdo por la paz, la democracia y las reformas sociales requiere que nuestros partidos pongan por encima de sus intereses específicos (y de sus egos personales) el gran pacto por una pacificación justa y duradera. ¿Serán capaces nuestros partidos de estar a la altura de lo que necesita ahora esta nación? 

 

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