11:11 am. Domingo 25 de Diciembre de 2016
Opinión
11:11 am. Domingo 25 de Diciembre de 2016

Muy pobres han sido las explicaciones del Vicepresidente para justificar los golpes que le propinó a uno de los integrantes de su escolta, el Intendente Ariel Ahumada. Vargas Lleras pidió disculpas por el error, pero de inmediato se justificó con la historia de que actuó de esa manera tan desaforada porque su esquema de seguridad debe respetar a los ciudadanos.

El funcionario que le protegía estaba cumpliendo con su deber, que era el de evitar el acercamiento de personas potencialmente peligrosas. En un país como el nuestro, aún cruzado por la violencia y con gente haciendo provocaciones de todo tipo, de cualquier lado puede saltar la liebre.

De tal manera que la excusa para justificar el acto deleznable es completamente cómica, puesto que su escolta tenía que hacer lo que hizo: estar muy pendiente de quién se le acercaba, y mantenerlo bien cubierto para evitar una sorpresa desagradable.

Lo que prueba el cocotazo de Vargas Lleras no es que el escolta se equivocó, sino que el Vice metió las de caminar de forma torpe. En pleno siglo XXI, el segundo al mando del ejecutivo comete una agresión no solo contra el Intendente, sino contra toda la ciudadanía, al humillar, con paraguazo incluido, a quien preserva su vida.

Este se portó como un señor feudal que golpea a su siervo porque le dio la gana, o como un esclavista que fustiga al esclavo porque tenía rabia. El irrespeto de Vargas Lleras contra el Intendente Ahumada no tiene ninguna justificación, y nos retrotrae a los comportamientos violentos e indignantes de los señores medievales o de los amos antiguos, que consideraban a sus subalternos como unos simples objetos.

No es la primera vez que el Vicepresidente se sale de la ropa, pero sí es la primera vez que agrede violentamente a quien le está ayudando, si es que no tiene otros guardados por ahí. A pesar de que este político ostenta la fama de ser grosero, nunca había caído tan bajo en una zafada de cadena.

La pregunta que nos hacemos es que si Vargas Lleras hizo lo que hizo con alguien de afuera de su entorno familiar ¿qué no hará con sus pobres hijos o con su señora esposa? Una persona de su talante parece ser un perfecto repartidor de cocotazos con sus indefensos hijos, y un maltratador empedernido de su pareja. A esta especulación, quizás exagerada, llega uno al contemplar el comportamiento anormal del Vicepresidente, en plena actividad pública.

Ya la sociedad le cobró, a través de las redes sociales, su desliz imperdonable. En el acto de las disculpas, ni él ni el agredido tenían cara de estar contentos, lo cual significa que Vargas Lleras trataba de zanjar el error haciendo una comedia de mal gusto, y el escolta agredido se la aceptaba de dientes para afuera porque no podía hacer otra cosa.

No existen normas legales para sancionar el comportamiento abusivo del Vicepresidente. Por eso, su único castigo será la sanción social, y en este plano ha recibido lo que se merece desde todos los puntos cardinales.

Solo resta recomendarle que, para evitar males mayores, cambie su esquema de seguridad y, sobre todo, al escolta que cocoteó. No sea que por vengar la afrenta o por temor a otro cocotazo, cuando se acerque alguien a hacerle daño, el Intendente agredido, en vez de neutralizarlo, lo deje disparar.

O, en una escena menos trágica, que en un descuido de su verdugo, el humillado escolta le suelte a escondidas un salivón en la sopa.

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