10:27 am. Domingo 08 de Enero de 2017
Opinión
10:27 am. Domingo 08 de Enero de 2017

La ultraderecha colombiana (encabezada por el Centro Democrático) armó un tremendo zafarrancho mediático, debido a que algunos observadores de la ONU bailaron con guerrilleras en una fiesta de fin de año organizada por las FARC.

Más allá de lo que han sugerido los analistas independientes (es decir, que no son uribistas, santistas, o amigos o aliados de las FARC), no solo se requiere escudriñar el contexto para explicar lo ocurrido, sino tratar de comprender qué se esconde detrás del escándalo.

Es obvio que moviendo los hilos de la barahúnda están todos los enemigos de la paz, encabezados por el expresidente Uribe. Ellos no aceptan su derrota política en el Congreso, y la impotencia al no poder frenar la refrendación e implementación de los acuerdos de La Habana por la vía institucional, la trasladan a la creación de situaciones que tienen por objetivo el saboteo.

Es decir, lo que monta con este escándalo la ultraderecha guerrerista es una provocación que busca desestabilizar, exhibiendo a la ONU como una organización parcializada, y al gobierno como acólito de actos indebidos, lo cual sirve para vender la idea de que todo lo que ocurre es una completa farsa que debe ser desenmascarada.

Esta exageración de los enemigos de la paz desde luego que tiene auditorio en esa cantidad de personas que desean proseguir la guerra porque odian a las FARC, o porque les conviene el conflicto armado para eludir la aplicación de la justicia transicional.

Ese auditorio gira alrededor del Centro Democrático y de la figura del expresidente Uribe, por lo cual el escándalo no solo es un intento de saboteo orquestado por el CD, sino que casa también con sus pretensiones electorales futuras.

¿Qué pecado puede haber en que observadores de la ONU entren en contacto con los guerrilleros? ¿Qué norma del derecho internacional fue violada por bailar los veedores con las guerrilleras? ¿Hay alguna disposición en los acuerdos de paz que prohíba la confraternización entre los grupos humanos inmersos en el proceso? ¿Qué etapas de la verificación se dañan con ese baile?

Si a Uribe y los suyos les hubieran dado la oportunidad de convertir la provocación en una guerra, de seguro que lo habrían hecho, porque ese es su principal propósito: seguir fregando la vida con su guerra. Y, en su lógica desinformativa, hasta un baile es motivo de conflicto.

Pero la ONU, el gobierno y las FARC se dieron cuenta del detalle y pararon en seco un incidente que podría malear todo lo andado, para satisfacción de quienes están ardidos porque la paz sigue su camino a pesar de su mala voluntad.

Cambiaron los emisarios y llamaron al orden para que no se le ocurra a las partes organizar otra verbena que le sirva al uribismo (y al resto de la ultraderecha) para provocar y sabotear. Es decir, de ahora en adelante hasta echar una bailada debe mirarse con lupa, a raíz del asedio de quienes aman la guerra.

Detrás del saboteo está el profundo odio que mucha gente aún siente contra la guerrilla. Este es uno de los obstáculos más duros que debe enfrentar el proceso de paz. Lo que demuestra que no basta con suprimir el enfrentamiento armado, porque la inquina nunca dejará pensar en algo distinto a la venganza a quienes la padecen.

Si el proceso concluye bien, como es el deseo de muchos, el escollo mayor que debemos superar es esa rabia que aún perturba a una gran parte de la población, y que también anida, quizás, en un sector notable de la militancia  guerrillera (y de su entorno).

Ese odio que alimenta el guerrerismo de ambos lados es el que no permite entender que no existe nada malo en que la gente de la insurgencia se integre a la sociedad civil, y que observadores y guerrilleros confraternicen en una fiesta como si fueran amigos.

¿En qué puede afectar a un proceso definido con rigor el hecho de que personas que quieren cambiar su vida azoten cemento o baldosa con otras personas a las cuales ya no ven como sus enemigas? ¿Ese no es uno de los logros de la paz: abandonar la enemistad suicida y construir otro tipo de relaciones, donde no sea necesario matar a nadie por cualquier motivo?

El baile de las FARC podría servir de anticipación a lo que ocurriría en nuestro país si decidimos abandonar el camino de las balas y las bombas: aprender a dirimir las diferencias y a superar los conflictos sin necesidad de echar bala. ¿O, acaso, es mejor matar que mover las caderas?  

 

 

 

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