1:10 pm. Domingo 30 de Septiembre de 2018
Opinión
1:10 pm. Domingo 30 de Septiembre de 2018

La ciencia se caracteriza porque introduce la duda, la crítica, la investigación metódica (entre otros ingredientes) en el proceso de elaboración de sus conclusiones. Así mismo, porque amasa, acumulando y descartando, verdades relativas y conceptos, categorías o modelos que se integran a sus tradiciones intelectuales.

Por más que se ocupe del estudio de la realidad natural o social, la ciencia no es lo mismo que los objetos de estudio que investiga, sino una representación intelectual, conceptual o mental de estos. El discurso científico es siempre una “metafísica” de lo real, o de aquello que se intenta comprender, interpretar o describir acudiendo a las teorías, métodos o técnicas que hacen parte del cuerpo de la ciencia.

La historia como ciencia se ha movido en la lógica general que ilumina la construcción del relato científico. Es decir, sus asertos se construyen siempre bajo el horizonte de la verosimilitud o de la verdad que guía la elaboración de las conclusiones en la ciencia. Ningún historiador investiga para producir narraciones dudosas o mentirosas, sino todo lo contrario.

Las reglas de juego epistemológicas que dirigen la investigación histórica empujan al investigador a generar representaciones basadas en evidencias, en pruebas, que sirven para legitimar su discurso, y para insuflarle el contenido de verosimilitud que le exigen la sociedad, los pares y la disciplina.

Los errores en historia se corrigen del mismo modo como se corrigen los errores en el campo de las ciencias: empleando como recurso principal la crítica intersubjetiva y la falsación de los asertos mediante la contrastación con las fuentes.

La crítica entre los pares, la duda continua y las fuentes, predeterminan el sentido del discurso histórico, haciendo imposible la creación de verdades reveladas o de dogmas inamovibles dentro de la historiografía. Las mentiras o falsedades tienen un precio muy alto, el cual compromete el prestigio del investigador.

Como toda ciencia, la historia ha construido un bagaje teórico, técnico y metodológico que hoy resulta indispensable para hacer investigación y construir discurso, de acuerdo con los patrones de la historiografía internacional. Tres conceptos han sido esenciales en el terreno de la teoría utilizada por los historiadores.

Esas tres categorías históricas son los conceptos acontecimiento, coyuntura y estructura. Tales categorías sirven para nombrar y ordenar procesos o fenómenos ya ocurridos, y para clasificarlos con miras a su interpretación. La historia humana ha estado compuesta de eventos de esa clase, que el historiador debe saber captar, interpretar y ordenar en su discurso.

Un acontecimiento es un evento relativamente sencillo de analizar, aunque a la vez suele ser muy visible, muy destacado o importante. El mundo ha estado y está lleno de acontecimientos, algunos insignificantes, otros memorables y decisivos.

Los historiadores del siglo XIX sostuvieron que la historia debía hacerse alrededor de los grandes acontecimientos, es decir, de aquellos sucesos que conmovieron la vida social, como un gran conflicto militar, el papel de un individuo destacado, la lucha política alrededor del Estado, etcétera.

Pero por más visibles y extraordinarios que fueran esos acontecimientos, poco facilitaban el trabajo de comprensión de las profundidades de la vida en sociedad, de aquello que determina las características esenciales de una organización social. El acontecimiento era un estallido importante que, sin embargo, no permitía descifrar la contextura profunda de la sociedad humana.

Ya en el siglo XX se produjo una revolución conceptual dentro de la historia que ubicó en segundo plano el uso del concepto acontecimiento. La pretensión de los historiadores positivistas decimonónicos (de elaborar una historia científica alejada de la especulación filosófica o estética), no se podía concretar empleando como eje el concepto acontecimiento, que dio origen a la llamada historia acontecimental.

¿Cómo entender las maneras como se cristalizaban la economía, las relaciones de poder o la textura de los imaginarios colectivos a partir de la categoría acontecimiento? ¿Cómo alcanzar las profundidades de la organización de la sociedad limitando el análisis a su superficie, a lo notable o memorable?

La pretensión de una historia científica solo se pudo cumplir en el siglo XX, de la mano de un nuevo concepto (la estructura) que transformó el análisis social. Ese modelo teórico ya era empleado de tiempo atrás en las ciencias naturales, y había sido utilizado en el siglo XIX por Marx y por Durkheim, entre otros investigadores de lo social.

En el caso de Marx, para explicar el modo de producción de la sociedad; y en el de Durkheim, en el marco de su visión sociológica sistémica. Se podría sostener que dichos autores están entre los pioneros en el uso del enfoque estructural, al lado de Simiand y de otros sociólogos europeos.

Pero el origen de la utilización del concepto estructura para comprender las actividades humanas debe ser relacionado también con otros dos famosos e importantes pioneros: Claude Lévi-Strauss y Ferdinand de Saussure. El primero, en sus estudios antropológicos sobre los aborígenes africanos y brasileños, y el segundo, en el terreno de la lingüística.

Con el modelo estructura se pudo trascender las simples apariencias. Los estudiosos de la sociedad ya no se preocuparon solo de lo más visible o impactante, sino que empezaron a profundizar en el contenido oculto de la organización social, a captar y a explicar aquello que es invisible para los ojos no preparados.

El concepto estructura facilitó la conversión de la historia en una auténtica ciencia, en una disciplina capaz de comprender e interpretar aquello que es regular, masivo, lo que le otorga una fisonomía especial a una sociedad, las bases que modelan el funcionamiento de la economía, de las clases, de la política o de la vida simbólica.

Las sociedades no se componen solo de grandes eventos, de esas explosiones extraordinarias que se convierten en memorables (como una victoria de Bolívar o Napoleón), sino también de procesos más lentos y a menudo ocultos, que provocan que la vida humana presente estabilidad, patrones, funcionamientos o tendencias de larga duración en su devenir.

El modelo estructura sirvió para teorizar sobre esas realidades y, de paso, transfiguró la historiografía mundial: de la historia de acontecimientos (o acontecimental) se transitó hacia la historia de las estructuras, o historia estructural.

Dos grupos o escuelas de historia lideraron el proceso de transformación de la historiografía moderna: Annales y el marxismo. Tales núcleos de historiadores ayudaron a ampliar el universo conceptual de la historia, y el campo de las fuentes y de los objetos de estudio.

Extendieron la comprensión y utilidad del modelo estructura al aplicarlo, no solo a la producción (como lo hizo Marx), sino a otros ámbitos económicos relacionados con el intercambio (estructuras económicas). Así mismo, emplearon el concepto en el análisis del Estado, las clases, los partidos y las ideologías (estructura política).

En la manera como se organizan o jerarquizan las clases sociales, las castas o los estamentos (estructura social), y en el modo como se condensa la cultura simbólica en las religiones, los mitos o las leyendas (estructura simbólica). Es decir, la nueva categoría era muy útil para explicar los fundamentos que tipifican el contexto histórico, el todo social.

Las sociedades no solo expresan cambios o rupturas, sino también regularidades; contienen procesos lentos, cuasi-invisibles, que son, de hecho, más importantes que los acontecimientos, pues predeterminan la vida social, la modelan de tal modo que no se puede vivir sin ellos: esas continuidades viajan en las estructuras que, como ya se mencionó, son económicas, políticas, simbólicas, etcétera.

Otro asunto clave en el universo de modelos o categorías utilizados por los historiadores para estudiar la sociedad es el relacionado con el concepto coyuntura. Las coyunturas históricas representaron siempre una importante materia en el campo de la historiografía.

Pero una utilización clara y precisa de esta categoría solo se alcanza en el siglo XX. ¿Qué era lo distinto en una coyuntura histórica con respecto al acontecimiento y a la estructura? ¿Por qué la coyuntura representaba una situación peculiar, diferente de aquellos dos conceptos?

La coyuntura es parecida al acontecimiento, por cuanto es muy visible, destacada. Pero es distinta, pues resulta mucho más compleja y, también, mucho más duradera. El acontecimiento, como lo expresó Braudel, es del tiempo corto, de la corta duración histórica, en tanto que la coyuntura abarca más tiempo, incluso puede caer en el ámbito de la larga duración, como lo demostró en sus estudios Ernest Labrousse.

La coyuntura tiene que ver con aquellos procesos complejos, normalmente muy visibles, en los cuales interactúan múltiples variables, lo cual exige más esfuerzo del investigador histórico. La coyuntura representa un momento especial del desarrollo de la sociedad, que no solo es complejo y notable, sino diferente a lo que le antecede y a lo que viene después.

La Independencia de Colombia puede ser entendida como una coyuntura histórica especial, que contiene diversos elementos, cuyo análisis se dificulta por su complejidad y por la manera reverberante o caótica como estos interactúan. Esa coyuntura contenía acontecimientos notables (batallas, entre otros), y se desarrolló en el campo de las estructuras de su tiempo, de su contexto histórico.

La Gran Depresión de los años Treinta también puede entenderse como una coyuntura en el marco de las estructuras del capitalismo mundial, que contenía una gran variedad de elementos constitutivos, discernibles con las herramientas de la historia económica.

La dialéctica de los tres conceptos analizados permite sostener que hay acontecimientos que pueden dar pie al surgimiento de coyunturas, y coyunturas que traen consigo profundos cambios estructurales. La caída de las Torres Gemelas, en New York, permitió el desarrollo de una coyuntura con características internacionales.

La Revolución Rusa, que fue una coyuntura histórica muy importante, dio lugar a profundas transformaciones estructurales en los planos políticos, económicos, sociales y simbólicos, en lo que luego se llamó la Unión Soviética. Sin embargo, todas las coyunturas no provocan cambios estructurales como estos.

A pesar de las interrelaciones con los otros momentos del desarrollo, el proceso coyuntural es diferente al estructural y al acontecimiento; aquí radica su importancia en el análisis histórico, pues permite nombrar y explicar algo distinto a los otros dos conceptos ya mencionados.

La utilidad de los tres conceptos salta a la vista, pues la sociedad no es una masa homogénea donde todo es igual y con una duración similar, sino algo muy complejo y diverso, con situaciones que no se parecen a otras, y con duraciones y complejidades también disímiles.

Acontecimiento, coyuntura y estructura son tres categorías históricas que facilitan la comprensión del abigarrado, complejo y desigual mundo de las actividades humanas en el tiempo.

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