9:02 am. Domingo 01 de Enero de 2017
Opinión
9:02 am. Domingo 01 de Enero de 2017

Tres procesos extraordinarios ocurrieron en el 2016: el Brexit, la victoria del No y el ascenso al poder de Donald Trump. Estos tres fenómenos son bastante diferentes, pero tienen algo en común: en ellos se impuso la mentira política, la desinformación y la falsedad, sobre la sensatez y lo que parecía más razonable.

El Brexit fue un ejemplo de lo que no debe ocurrir, pues el engaño sistemático del elector poco informado y los datos falsos presentados como auténticos marcaron la pauta, lo cual influyó la victoria de los separatistas, aunque por muy poco margen.

En el plebiscito colombiano, la tergiversación de contenidos y las mentiras más descaradas incrementaron el caudal de electores por el No, los cuales salieron a votar “enverracados”, debido a la tarea desinformativa de los enemigos de la paz, mediante la cual se vendieron los acuerdos de La Habana como si los hubiera hecho el diablo.

La victoria de Trump en los Estados Unidos fue la tapa en el uso de la mentira con fines electorales. La campaña de este candidato aprovechó todo aquello que pudiera generar votos, eludiendo los matices y explotando los peores miedos de la población, con base en falsedades de mucho impacto.

Es muy fácil reducir el análisis de estos tres procesos al simple juego de perversos políticos sin escrúpulos que engañan a ingenuos electores que no saben discernir bien a la hora de votar. Pero si nos quedamos hasta aquí, solo veríamos una arista de la problemática.

El asunto tampoco se entiende bien si caemos en el reduccionismo moral, al pensarlo exclusivamente como el envilecimiento del elector por parte de políticos envilecidos. Políticos a los cuales no les interesa la verdad o la decencia, sino ganar como sea.

En los tres casos, es posible inferir una crisis de las instituciones democráticas y, sobre todo, una profunda decadencia de la democracia representativa, dominada por partidos y políticos tradicionales que provocan el rechazo de la gente, el cual es generado por el fastidio con un status quo que no la representa, o que la representa mal.

En todos los procesos, el miedo y el odio fueron utilizados como máscara de la mentira: el temor y la inquina contra la guerrilla, contra los inmigrantes o los terroristas, o contra las políticas europeas que, supuestamente, golpean el ingreso y los puestos de trabajo de los británicos, entre otras estrategias para engañar.

La eficacia de la mentira y de la desinformación determinó el triunfo del No en Colombia, del Brexit en Gran Bretaña, y convirtió a Trump en una suerte de populista extraño, porque recibió apoyo de grupos medios y de trabajadores con un discurso racista y nacionalista, pero nada garantiza que cumplirá sus promesas hacia esos sectores, como lo ha anotado el Premio Nobel Paul Krugman.

¿Por qué triunfo la mentira en todos estos eventos? Es claro que la explicación no se relaciona solo con la habilidad de los políticos que la impusieron. Tampoco, solamente, con la probable ingenuidad de quienes salieron a votar. Y a pesar de que hay una gran dosis de indecencia y de cinismo en los orientadores de la opinión, no es un tema que pueda reducirse al simple juego moral o semántico entre el peso de la verdad y la mentira en la política contemporánea.

El triunfo de la mentira parece haber sido, también, la consecuencia de un desacuerdo y de una condición. El desacuerdo con lo existente, la contrariedad con los gobiernos, el rechazo de un estado de cosas desagradable. Y la condición tiene que ver, en sentido estricto, con la derechización de la gente, no solo por la acción de los partidos o de los dirigentes, sino por el peso de las tradiciones, de los conflictos, de la guerra o de economías con problemas.

Hay mucho de protesta y de crítica contra el establecimiento y contra las secuelas de un capitalismo sin escrúpulos en el caso del Brexit británico. El desprestigio del presidente Santos y de los políticos colombianos influyó de algún modo en la votación del plebiscito, más allá del odio hacia las Farc. Y la victoria de Trump recogió la protesta de la gente enverracada por las secuelas de la globalización y por las promesas incumplidas del gobierno Obama.

La derechización de la gente no es solo un síntoma de ingenuidad o de ignorancia. Esta se asienta en creencias firmemente establecidas y en posiciones ideológicas que es pertinente comprender. Hay gente de derecha en todos los estratos sociales. Y en muchos casos, ser de derecha o de ultraderecha es menos la consecuencia de la ignorancia, y más el resultado de convicciones ideológicas y políticas.

La mentira política triunfó porque era impulsada por gente sin escrúpulos que pugnaba por ganar como sea, y fue recibida por personas a quienes no les interesaba tanto la certeza de los asertos sino imponer sus creencias o sus puntos de vista, dándole curso al triunfo de sus miedos o de sus odios explícitos o recónditos.

Es decir, hubo concordancia entre el mensaje emitido por los políticos inescrupulosos y lo que deseaba la gente tirada hacia la derecha o la ultraderecha del espectro político. Por esto podría decirse que no fueron engañados, sino que escucharon lo que querían escuchar para ganar unas batallas combatidas por sus dirigentes y por ellos mismos.

El triunfo de la mentira política habla muy mal de una parte de los dirigentes de las tres sociedades. Porque su acción estuvo marcada por la indecencia, por el irrespeto a la verdad y por unas prácticas que lesionan todas las normas de convivencia legal y social.

También habla muy mal de los tres pueblos implicados, como portadores de mucha intolerancia, de creencias racistas, xenófobas y discriminatorias, que acrecientan el conflicto y lesionan la calidad de la convivencia. Pueblos de este talante avivaron la llama del triunfo de los demagogos fascistas a principios del siglo XX.

Es claro que en las tres coyunturas se expresó algo más que la simple ingenuidad o ignorancia de las personas. Esos triunfos son, en cierto modo, una secuela de procesos que sacuden a la sociedad contemporánea, marcada por una crisis de legitimidad y representatividad que hunde sus raíces en la educación, en las tradiciones, en la organización política y en la economía. 

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