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El drama de las tinteras venezolanas en el centro de Barranquilla

Dayana en su esquina vendiendo tinto en la calle 30.
La incansable trabajadora y administradora de empresas Dayana García.
Dayana García, vende sus tintos en el centro de Barranquilla.
Chofer de bus le compra tintos a Dayana en su esquina.
Fachada de la Cafetería La Tradición.
Fila de mujeres venezolanas a la espera de llenar sus termos de tinto.
La espera de mujeres venezolanas en la cafetería La Tradición.
Celeste espera llenar sus termos en la cafetería La Tradición.
Norma, Leomary y Yurlieth vendedoras de tinto venezolanas.
Celeste y Nohelí salen en su jornada a vender tinto.
Vendedora de tinto venezolana en el centro.
Mujer venezolana inicia su recorrido para vender tinto en Barranquilla.

Desde hace varios meses el centro de Barranquilla se despierta todos los días con una inusual presencia femenina que adorna sus agrestes calles, antes dominadas por hombres. “Lindo, quieres un tinto”, gritan coquetamente mujeres jóvenes en las esquinas, que poco a poco comienzan a recibir la luz del amanecer.

Altas, de largos cabellos, amplia sonrisa y marcado acento venezolano de inmediato al expresarse se reconoce su procedencia. Reunidas en grupos de dos o tres chicas, prefieren estar acompañadas para protegerse, con la ayuda divina de rosarios de cuentas plásticas, que cuelgan en sus cuellos. “En este oficio una nunca sabe, hay que hacer parte de alguna manada y estar consagrada a la Virgen de Coromoto”, contó Yurlieth Campos, quien llegó hace dos meses, proveniente del estadio de Anzoátegui.

Mientras toda la ciudad duerme, la administradora de empresas venezolana Dayana García sale a las 3 a.m. a comenzar su turno tintero. Ella tiene unos atractivos ojos color miel, el cabello rubio rizado y amplias cadenas que despiertan algunos piropos de sus clientes. “Todos los días vengo a que me sirva un tinto esta mujer bonita”, dijo uno de sus asiduos visitantes que la espera desde las 4 a.m. en la calle 30 con 38 su lugar de ventas. Dayana vive en un cuarto compartido en una pequeña pensión cerca al Hospital de Barranquilla. Duerme poco pensando en sus dos hijos que dejó al cuidado de su madre hace apenas cuatro meses en el Estado de Falcón, en la ciudad de Punto Fijo.

Dayana, al igual de que las demás chicas, usa ropa cómoda porque sabe que su jornada es larga para vender los 18 termos de tinto de un litro “en un buen día” tiene que estar trabajando desde las 4 a.m. hasta las 4 p.m. lo que ella denomina “jornada continua”. A estas mujeres se les puede ver caminando por el sector en jeans, shorts, leggins, tenis, gorras y la mayoría portan cangureras en las que guardan el dinero y las monedas que recolectan vendiendo café desde trecientos pesos el vaso pequeño hasta quinientos pesos el vaso más grande. “Antes de la llegada de Maduro, en mi ciudad, Punto Fijo, al salir de la Universidad de Zulia tenía un negocio con una amiga y nos iba muy bien, pero al subirse el costo de la vida, ya la moneda no dio más y quebramos o era venirme para Colombia y enviar dinero a mis hijos o quedarme allá y verlos morirse de hambre sin poder hacer nada”, relató la mujer angustiada.

Sin embargo, para algunas la sonrisa se ha borrado mostrando el amargo rostro de la desesperanza y se niegan a contar sus historias o tomarse fotos para la prensa. “Te pido por favor no me tomes con la cámara, no quiero hablar”, nos dijo una de ellas.

Cafetería La Tradición

Más de 400 litros matutinos de tinto, bullen en las tres grecas industriales que posee la Cafetería La Tradición, dos cuadras arriba de la calle 30 con 38, esta producción es apenas una parte de la que se vende en un solo día, debido a que sus trabajadores no pudieron calcular cuántos termos de tinto venden a diario porque trabajan las 24 horas. “Aunque no parezca Barranquilla consume mucho café”, señala Hernando Sánchez, administrador de la cafetería tocándose la cabeza y mientras parece hacer cálculos mentales “perdí la cuenta”, agregó.

Este tipo de cafeterías son comunes en la ciudad, cada barrio posee por lo menos una, que antiguamente era visitada solo por hombres vendedores de tinto, quienes arrastraban sus termos y panes con la ayuda de un carrito de dos ruedas o cargándolos al hombro sobre una base madera, ahora estos negocios proveen a este numeroso grupo de nuevas trabajadoras, quienes hacen largas fila para llenar sus termos y compartir sus historias. “A principios de año solo eran como doce muchachas, pero desde hace tres meses para acá han llegado más, calculo como unas cien solo en este sector”, indicó el administrador.

Sin embargo, en La Tradición reconocen que estas mujeres venden “mucho tinto” portando en sus brazos dos termos de café cada una, generalmente marcados con liquid paper o esmalte para uñas con sus nombres o sus iniciales para evitar confusiones a la hora de volverlos a llenar varias veces al día. “Ellas venden bastante porque el genotipo de la venezolana es muy bello y son mujeres muy hermosas que nos alegran la vida”, resaltó Emerson Giraldo, quien lleva ocho años operando las grecas en esta cafetería.

Sánchez aseguró que incluso la clientela del tinto de la mañana ha crecido. “Solo por hablar con ellas hasta muchos que antes no tomaban café ahora lo toman todos los días con tal de saludarlas”, resaltó en medio de risas.

En la fila para llenar sus termos espera con paciencia Celeste Ramos, estudiante de segundo año de Medicina nacida en Ciudad Ojeda. A sus 24 años, esta joven tuvo que dejar a su hijo de apenas un año y medio con sus familiares y partir hacia Colombia con el fin de mandarles dinero. “No pude seguir estudiando con la situación allá, solo quiero que Maduro deje el poder y regresar de nuevo. La gente no tiene comida y nos estamos muriendo de hambre. Así no se puede vivir”.

Esta joven como muchas otras confía en tener una temporada de ventas exitosa en diciembre para poder celebrar la Navidad en Venezuela. De lo que está más segura es que antes de comprarle regalos y juguetes a su hijo, Celeste lo único que quiere llevarle a su pequeño son “pañales”, enfatizó. “El regalo del niño Dios es lo de menos, porque desde que nació mi niño no sabe lo que es un pañal y espero poder llevarle muchos pañales y su leche”.

Entre las otras jóvenes solteras que también hacen fila a la espera de llenar sus termos está una delgada morena, de cabello negro ondulado, llamada Nohelí Soler, quien como algunas usa sus ganancias, para otros gastos, que no precisamente hacen parte de la canasta familiar de las venezolanas bajo el régimen de Maduro como por ejemplo: la keratina.

El grupo conformado por Leomary, Norma y Yurlieth del estado de Anzoátegui, apenas llegaron hace dos días y lo que más ha llamado su atención es el estado de los animales callejeros del centro. “Están gorditos todos los gatos y perros acá. Allá en Venezuela están todos flaquitos y se mueren de hambre en las calles, al igual que muchos niños desnutridos. Eso es terrible”, resaltó Leomary.

Este trío de nuevas tinteras que llega a unirse a esta masa de trabajadoras señala que lo más difícil de llegar a Colombia no es tomar la decisión de emigrar de su país sino salir de Venezuela. “El problema no es con las autoridades colombianas que nos abrieron las puertas, sino que en este momento es muy duro que la guardia te deje salir de Venezuela, no es fácil y todas tuvimos que pagarle a la guardia para poder entrar a Colombia”, enfatizó Leomary.

Al preguntarles por Nicolás Maduro a todas se les ensombrece el rostro y se les corta la risa. “Que ojalá un misil bien grande se lo lleve para siempre”, demanda Norma mientras que las demás señalan que el pueblo venezolano escogió al líder político porque en ese momento representada la continuación de Hugo Chávez. “El pueblo se confió y creímos en él porque jamás pensamos lo inhumano que podría llegar a ser y que el poder lo encegueciera tanto”, lamentó Yurlieth.

Por el solo hecho de ser emigrantes, estas mujeres también son vulnerables al recibir todo tipo de propuestas en un ambiente que a veces se torna hostil por el dominio de los hombres. Como pudimos presenciar en las esquinas también sufren del acoso y de insultos vulgares que reciben por parte de los conductores en las transitadas vías donde trabajan. “Ellas van por la calle vendiendo, algunas son dignas y se tienen amor propio, pero otras por la necesidad les toca aceptar otras propuestas indecentes que les hacen”, comentó Jorge Luis Rodríguez, con 18 años de experiencia en la venta de tinto.

Competencia masculina

Aún de forma sutil, los antiguos vendedores de tinto del centro han sentido que poco a poco, estas tinteras han ganado terreno en este oficio, que antes era ejercido solo por hombres. “Jehová nos dice que donde come uno comen dos, pero algunos de nosotros ya estamos sintiendo el “pretinazo” y “meque” de la competencia, porque ver a mujeres en este oficio no es común”, agregó Rodríguez.

Ellas todavía no sueñan con poder a volver a ejercer sus profesiones cuando vienen a Colombia porque señalan que tienen otro obstáculo que sortear. “Los papeles, no tengo los papeles para poder trabajar legalmente acá y para conseguirlos tengo que volver a Venezuela a organizar mi situación, pero quiero ver a mi país libre de Maduro”, concluyó Dayana.

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